16 de agosto 2011 - 00:00

Crisis europea: es el turno de los eurobonos

Tratándose de Europa, toda calma precede a una tormenta. Ya nadie descansa confiado en la solidez de sus rígidos principios e instituciones. No todo problema que enfrenta tiene solución, pero bosquejar cada solución es, en sí mismo, un problema, y una disputa. Con el gran pagador, Alemania, inexorablemente, en el extremo más hostil de la mesa. Si Pedro negó tres veces a Cristo, y aun así fue la base sobre la que se edificó una Iglesia de dos mil años, Europa participa vivamente de esa tradición (aunque, en su caso, se duda si la unión monetaria llegará indemne a fin del año próximo). Es que no hay atajo que haya debido tomar que antes no hubiera negado con énfasis otras tantas veces -comenzando por el salvamento de Grecia (salvamento es un decir)-, víctima sistemática de una profunda letal confusión. Como en la fábula de la liebre y la tortuga, la crisis de la deuda marcha más de prisa y Europa arriba tarde a cada encrucijada. Aunque llegar, llega. En ocasiones, estuvo allí antes, pero -es la maldición de la sempiterna negación- no quiso montar campamento en la invocación de pétreos principios (que luego la crisis torna en arena). Así, la arquitectura que alumbró la reciente cumbre de julio hubiese sido un bastión formidable de haber arribado cuando todavía Italia infundía respeto. Si lo suyo no es la velocidad ni la cohesión inmediata (la zona del euro no es un país ni una confederación), si se resiste a acortar camino en una carrera plena de recodos, Europa debe munirse de la perseverancia de la tortuga. No cejar en su afán de sumar pasos cortos. Si no es mucho pedir (el instinto de la austeridad la marea), en la dirección correcta.

¿Qué iniciativas tomará Europa? ¿Qué es lo que niega con más insistencia? Los eurobonos están otra vez en la palestra. Se sabe, Alemania no comulga con esa solución. Tajante, el vocero oficial de Angela Merkel, Steffen Seibert, los desmerece: «No los consideramos la vía correcta». Pero la que promueve su Gobierno -»la consolidación consecuente de las reformas»- es una vía muerta que no convence. La crisis ya la pasó por alto y, como la crisis manda, sí o sí, habrá que ensayar otro artilugio. Dice Siebert: «Los eurobonos no han sido tema en los meses pasados». La realidad disiente. La propuesta mejor articulada -y más detallada- data de fines de 2010. Y motivó entonces un encendido debate. Lleva la rúbrica del ministro italiano de Finanzas, Giulio Tremonti, y del primer ministro de Luxemburgo (y a la par presidente del eurogrupo de ministros de finanzas), Jean-Claude Juncker. Tremonti, por razones obvias, ha vuelto a la carga. Su punto: la crisis europea no hubiera prosperado de haberse contado con los eurobonos a tiempo. Y, a su juicio, son el arma decisiva -»master solution»- para derrotarla. Tremonti supo comparar a la eurozona con el Titanic y fustigar a quienes se creen a salvo en la cubierta de primera clase (y a la par chocó con el premier de su país, Berlusconi, por el celo en los ajustes fiscales). Su prédica, contra lo que dice Siebert, no se esfumó. Gran Bretaña, que no integra el pasaje de la eurozona, pero navega peligrosamente a la par -como la Suiza que sopesa atar el franco a la suerte del euro- recogió el guante. Extrañamente, porque desde la eyección de la libra esterlina del mecanismo cambiario europeo en 1992 lo que ocurra en la región monetaria común no es asunto suyo, el ministro inglés de Finanzas, George Osborne, abogó también por los eurobonos. On the record. Y se sinceró: «Un euro inestable es una noticia terrible para nosotros». Como sea, formalmente, Alemania (todavía) se opone. Siebert lo hizo saber: los eurobonos «no formarán parte» de la agenda de la reunión de hoy entre Merkel y su par francés, Sarkozy (los hacedores de las reglas). Los titulares de la prensa ensanchan la magnitud del rechazo cuando hablan de que «Alemania y Francia» militan en la negativa. Habiendo sentido la soga al cuello, París simplemente no puede estar en contra. Y los rumores que provienen de Berlín no traen ya un mensaje uniforme. La diplomacia paralela de las versiones oficiosas -un canal de información veraz durante la crisis- admite la posibilidad de un giro. Se lee en el Die Welt, este domingo, que «influyentes miembros del Gobierno están reconsiderando su posición». La alternativa de una unión fiscal, como solución de última instancia a los males que azotan a Europa, figura en carpeta. Desde ya, la desmentida oficial no tardó en dispararse. Lo que suena prometedor.

La iniciativa Juncker-Tremonti es sólo un boceto de un régimen de transferencia fiscal dentro de un abanico de varios posibles. Propone la creación de una Agencia Europea de Deuda que permitiría a cada miembro de la Unión Europea la emisión de eurobonos (deuda europea común) por hasta el 40% de su PBI. Dos avezados burócratas, Juncker y Tremonti, consideran que la agencia podría habilitarse en apenas un mes de tomada la decisión. Considerando la existencia de una Facilidad Europea de Estabilidad Financiera (que será luego reemplazada por el Mecanismo Europeo de Estabilidad), ella podría asumir similares atribuciones. La clave es, desde ya, la decisión política de fundir una parte sustancial de las obligaciones fiscales de los países socios en un crisol compartido. El paso que expresamente no se quiso dar en condiciones de bonanza, la unión monetaria se delimitó de manera que no fuese una unión fiscal, ¿se impondrá por la voluntad ciega de los acontecimientos? Como escribe Borges, lo que más une es el espanto.

Mientras los Gobiernos y los políticos discuten, en los hechos, los eurobonos ya llegaron. Por la puerta de servicio. ¿A quién más, si no a ellos, hay que agradecer esta calma? Si el BCE no hubiese depuesto su oposición a comprar bonos soberanos (la negativa constante, de nuevo), otra sería hoy la historia. El instrumento no es novedoso. Ya el BCE lo estrenó en mayo de 2010, cuando debió apaciguar la primera tormenta de Grecia. Pero el BCE lo guardó en el congelador. La semana pasada, el BCE compró bonos de España e Italia (y la anterior, presumiblemente, sólo de Irlanda y Portugal) por el equivalente a 22.000 millones de euros. Pedía Arquímedes una palanca para mover el mundo; el BCE usó el mismo principio para aquietar Europa. El sabio de Siracusa no tenía esa palanca a mano. Los sabios de Fráncfort las pueden fabricar en cantidad. ¿Querrán hacerlo por más tiempo? Aquí yace la suerte de Europa. No hay, hoy por hoy, eurobono más conveniente que la absorción de deuda por parte del BCE y la consecuente emisión de euros. La operación no necesita solemnes acuerdos formales que pueden ser imposibles de suscribir a tiempo. Y, por cierto, no daña la solvencia fiscal de los países sólidos de la región.

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