30 de enero 2009 - 00:00

CUPONES BURSÁTILES

  • En la emisión del pasado miércoles, un título aplicado a las muy buenas notas sobre del NYSE y las ruedas diarias, por nuestro compañero de página, nos dejó como extrañados (y extrañando). Decía, simplemente: «Lo mejor es que valen los estados contables». Y en la nota describía los efectos alcanzados, a favor y en contra, por una serie de balances ingresados a la Bolsa de Nueva York, durante la sesión del martes.

  • Esto nos trajo a la realidad, otra de las características que se han perdido en nuestro ámbito bursátil. Las expectativas, la avidez cuando iban llegando a la hemeroteca de la Bolsa de Comercio, los balances de las empresas. Las reuniones, intercambiando opiniones, hasta polemizando en ciertos casos, que se armaban en el piso del «viejo recinto». Y cantidad de socios que formaban, sin quererlo ni saberlo, una especie de «academia bursátil» ambulante. Que no poseía horarios precisos, ni días indicados con anterioridad. Ese fenómeno de intercambio entre veteranos y novatos, de profesionales y simples inversores poseedores de acciones, muchas veces integrándose algunos agentes de Bolsa, también ansiosos por ver esos balances y después informar, y asesorar, a sus clientes.

    Como decía el colega, sobre la actualidad del NYSE, era una época en la que «los balances seguían teniendo valor». No se terminó con el advenimiento del cambio de recinto, si bien toda esa ceremonia -y academia- se fue perdiendo de a poco, casi sin darnos cuenta. Y fue dejando de tener presencia, un foro donde se aprendía de Bolsa. De la real. No sólo la de los libros de textos, o seminarios. Y los balances se interpretaban con la óptica del inversor minoritario. No del mayoritario, ni del banquero, ni siquiera del contador profesional.

    A partir de todas esas lecturas, decenas y decenas de balances llegando en un par de días, se alcanzaba la maceración de cifras y opiniones. Conclusiones que iban a teñir los precios de los papeles con alzas, o con bajas, acorde con la calidad del balance presentado por las empresas.

    Casi nada escapaba al ojo preciso de esos «moradores de la catacumba» (el salón de consulta de los balances estaba en los subsuelos). Imposible de ver todo, en poco tiempo y a fondo; después surgía en tal «academia bursátil»: la necesidad de intercalar información y opiniones. Entre los que eran «especialistas» en ciertas acciones con los que habían disecado otros balances. Hoy, todo parece subir, o bajar, como una masa.

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