26 de enero 2010 - 00:00

Cupones bursátiles

Cuando una foto recorre las pantallas del mundo mostrando a nuestro Banco Central rodeado por la infantería policial para que una sola persona -funcionario sobre el que todavía se debía discernir su permanencia- no entre, es que de estar mal, descalibrados, hemos tocado fondo. A menos que se hubiera corrido la voz de que Martín Redrado se iba a hacer presente con un eficaz tanque «Panzer» de la Segunda Guerra, o un moderno misil «tierra-tierra», no hay modo de entender el grotesco despliegue. Lo más curioso es que los mismos gobernantes se ofenden grandemente cuando desde el exterior nos rotulan como «poco serios» o como país sonde la seguridad jurídica no goza de buena salud. Pero esto que para el ciudadano local ya resulta una simple «nota de color» (acostumbrados todos), se potencia con lo que ocurre con un Obama evidentemente fastidiado por una serie de adversidades y su ya innegable caída de popularidad (que es como gastar velozmente los cheques en blanco que le facilitó la ciudadanía). Metido en un brete con su plan sanitario, asumiendo una derrota electoral, de última surgiendo con una nueva matriz para todo el sector bancario y financiero. Y como postre, ver qué sucede con la permanencia -o no- de Ben Bernanke en la Reserva Federal.

Un Bernanke que ha tenido que jugar en los dos roles, de ver cómo le explotaba la crisis en su rostro. Y después colocándose el casco de bombero. Con tantas evidencias para «colgarlo», como con varias otras para sostenerlo. Hay problemas en el exterior -la semana pasada se vio crudamente- y hay un muy turbulento ambiente interno. En ambos casos resultan terreno desértico para que el mercado pueda intentar dispersar flores como en 2009. Así arrancó la última semana de enero, dando muestras de la inestabilidad de los índices y de temores que se acumulan mucho más que los «esteroides» para criar músculos (aunque sean artificiales). Nos acordamos ahora del mago Merlín -aquel de la leyenda del rey Arturo-, cuando decía que «la magia no es buena ni mala, depende de quién la use...». Y esto le cabe también a la Bolsa, simple receptora de los estados de ánimo, que ponen en acción las fuerzas del mercado, generando sus más y sus menos. Hay, por ahora, mucho más para la preocupación que para el entusiasmo, desde afuera hacia adentro, donde el gran tablero del mundo puede que deba reacomodarse a otras estrategias de juego, de parte de los operadores. Y los que persistan en manejarse como si nada esté sucediendo, o por suceder, acaso se peguen contra un muro. Cuidado.

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