11 de febrero 2010 - 00:00

Cupones bursátiles

Para competirle al cada vez más imprevisible Hugo Chávez, podría armarse un programa llamado: «De repente... con la Bolsa». El sistema bursátil -internacional- se lo tiene bien ganado, dando muestras acabadas de poder irrumpir en cualquier rueda, a cualquier hora, con un espectacular giro sobre sus talones. Y así como se iba barranca abajo, resurgir sin mediar ninguna razón importante con una trepada de la cuesta. Nosotros abandonamos la inútil tarea de hallar explicaciones racionales, a lo que claramente es una zona a puro impulso irracional que convierte a un mercado en una sala de juego. Obviamente, el tan maltratado y longevo sistema bursátil original no lleva mancha alguna. Hay que recordar al mago Merlín y su visión sobre la magia, aplicándolo a lo bursátil, para saber que «la Bolsa no es buena, ni mala, depende de quién la use». Y de qué modo se está preparado para encararla, tanto en el triunfo como en la derrota. Como en el peor momento de la crisis inicial, es un show de cambios de signo de precios, pero no de valores. La sustancia, la médula de los papeles no cambia de un viernes para un lunes. La economía mundial, o local, tampoco. Solamente los precios temporales pueden dar la «sensación térmica» y que, como en el clima, es lo que cubre los comentarios del día por día. Y la «temperatura» que da la tendencia y los valores reales pasa a un segundo plano. Si algún lector cree conocer a alguien que le comenta estar comprando acciones «para guardar» (tan común en la época que ingresamos al circuito de nuestro medio) sería bueno que nos lo refiera con nombre y apellido: para admirarlo, como el que aprecia ejemplar de la fauna que está en extinción. No sabemos del exterior, lo imaginamos, pero nos atrevemos a afirmar que salvo algunas carteras institucionales, casi todo inversor de mediano porte solamente apunta al día por día, a «conseguir manteca, sin batir la leche»: tal la alta exposición al cambio inesperado.

Seguramente, los que más habrán sufrido la deserción de la raza inversora que compraba «para guardar» hayan sido el mercado rector del NYSE. Toda la gran preeminencia sobre el resto del mundo, que distinguió a Nueva York, tuvo una columna enorme. No en los magnates, sino en la cultura bursátil instalada en la familia del país y en capas medias. Ahora, también están expuestos a la muerte súbita», de un movimiento de un día para el otro.

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