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Cupones bursátiles
En general, cuando las cuestiones toman cierta trascendencia y se hacen sumamente explosivas en lo mediático, preferimos mantenernos unos pasos atrás.
Para, de paso, contemplar lo que sucede siempre: hasta los cronistas de espectáculos, o de modas, bajando líneas y opinando sobre los sucesos en Grecia, o los fuertes derrapes bursátiles en el mundo. El periodismo, y análisis, al que llamamos «de amplio espectro» es el que termina por apabullar oyentes y lectores, hilvanando argumentos de una manera que es por momentos reidera y, en otros, lamentable.
Y especialistas tampoco faltan, que acomodan nuevamente el discurso a las circunstancias: variando el libreto que dispersaban hasta hace pocas semanas.
Ahora parece que todos sabían lo que iba a ocurrir de nuevo. Que el mundo está hecho un pantano y que sus arenas movedizas se pueden tragar a cualquiera, en virtud de los tremendos desvíos que esa secuencia de «crecimiento» continuado -hasta Bolivia mostraba que subía a tasas notables- se encargaba de disimular. Mientras duró la fiesta, todos disfrutaron a pleno y las malas administraciones conseguían mimetizarse.
Hasta los más arrogantes -nosotros en primer plano- que decían no necesitar de nada, ni nadie, hoy efectúan peregrinaciones para ver si consiguen créditos internacionales y llantas de auxilio.
Las cuestiones en todas partes no están en orden, ni algo que se le parezca. Y el descalabro de la semana y las ruedas con perfiles de «corrida» volvieron a poblar los centros financieros. Querer reconstruir de inmediato, sin primero demoler los cimientos rajados -y falsos- lleva a tal tipo de situaciones. Lo poco que se consigue se cae, ante el primer desafío. Y ahora volverán a intentar el parche sin ir al fondo de la crisis.
