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Cierto es que después surge un impulso -llámese triunfalista, o ideológico- donde se decide hacerlas totalmente empresas del Estado.
Esto de Brasil recrea aquel primer buen diseño, en el que en lugar de ir a las dos puntas del péndulo es posible encastrar lo estatal y lo privado en procura de engrandecer y hacer abiertas compañías de base, estratégicas, y que en vez de precisar el esfuerzo permanente de dinero público pueden evolucionar con energías de ambas partes.
Y más todavía, muy importante: poder poseer sociedades «mixtas» donde se pueda cumplir del modo más eficiente con la prestación del rubro y estar rigurosamente vigiladas en sus cuentas y balances por ojos oficiales y también privados.
Además, contando con una base minoritaria que también puede estar al tanto de lo que sucede con la propia inversión en sus acciones, como en los debidos respetos que tienen que dispensarse en la administración de la llamada «cosa pública».
Los chinos, con el particular modelo de ser un «capitalismo autoritario», no tienen la menor duda. Al descubrirse gestiones con corrupción en las compañías públicas, los ejecutan, extremo que indudablemente espanta a culturas occidentales pero que bien podría tener un correlato en términos de rigurosas penas a tal tipo de funcionario desleal. Hoy, de lo que ha pasado a ser nacionalizado nuevamente, o lo que ya revistaba en la lista oficial, nada se conoce a la luz pública. Y todo lo que se precisa proviene de las mismas arcas. Incorporadas a la Bolsa de Comercio, en la modalidad «mixta», acaso no se llegaría a la soberbia Petrobras pero, seguro, sería altamente beneficioso... ¿o no?
