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Cupones bursátiles
La nada absoluta. De todos modos, no se confíe el lector por nuestra falencia en poder analizarlo y explicarlo públicamente. Porque ya hemos visto en la columna de ayer de qué manera hasta los que detentan altos poderes políticos y económicos son capaces de dar explicaciones contundentes y vistosas, hasta de las cuestiones que lucen como inexplicables.
Ni que hablar de los que redactan textos a diario para grandes «casas de inversión» -internacionales, para que nadie se nos enoje- y que de un terceto pueril de resultados, como los tres que mencionamos, son capaces de hacer un batido. Y darle a cada rueda una propia razón, con diferencia de 24 horas, para justificar que los operadores actúen de tal modo que vemos como inexplicable.
La tarea es bastante sencilla si uno quisiera textos similares, imitando el estilo. Por caso, un índice de «desempleo» en Estados Unidos -que mejore unas milésimas, no más de mil tipos- resultará argumento para el día de alzas entusiastas. Pero una suba de cinco dólares en el barril de petróleo resultará buen asidero para endosarle la baja siguiente. Quizás lo más complicado pase por encontrarle la vuelta a la tercera fecha, donde se trabaja en los índices sin lograr que éstos levanten el ancla anterior.
Una razón aparente, recurso habitual, es crear la figura de «la incertidumbre que gobernó en el día de hoy a los mercados, etc., etcétera».
Tal vez llegará la ocasión en que alguien se anime a describir otra realidad, o se aburra de los mismos cuentos infantiles, para simplemente declarar «que se trata de un feroz juego de apuestas diarias, donde la alta tecnología permite entrar y salir más veloz que un rayo». Lo mejor de esto: que no se necesitan fundamentos que avalen los distintos resultados, solamente que giren «papel» y «dinero» (y unas gotas de adrenalina). Viva Wall Street. O ¡Viva Las Vegas!

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