28 de febrero 2012 - 00:00

Cupones bursátiles

En el mismo día se dio la coincidencia de ver aparecidos dos comentarios sobre el mismo tema -en el mismo medio, en este caso nuestro Ámbito Financiero- y sin que existieran puntos de contacto (tanto entre los columnistas como en las razones de fondo): alcanzar un punto en común. Y es lo referido a lo desaconsejable de que las compañías cotizantes entreguen dividendos en efectivo a sus accionistas en vez de conservarlos como resguardo. A sabiendas de la prohibición a las entidades bancarias de remitir resultados al exterior, el colega Pablo Wende nos relató en su nota las presiones que se ejercen sobre las empresas para que no ejerzan el derecho, en sus asambleas, de votar partidas en tal sentido. Y nos decía que esto iba en dirección a evitar la salida de dólares del país y la inducción oficial a que se dediquen a concretar inversiones.

El mismo día, hablamos del mismo tema aunque con una finalidad muy distinta. Mencionamos que en zonas que resultan críticas para los ciclos económicos, como ahora en el mundo, la actitud clásica de empresarios locales era de generarse escudos protectores y conservando utilidades de arrastre para atender a toda zona de bajos resultados o de pérdidas posibles. Y lo que habíamos estado observando era una tónica a entregar suculentos dividendos en efectivo, dejando el respaldo desprotegido en demasía. No pensando en la misma dirección que los funcionarios y gobernantes, sino desde lo más prudente para guarecer al inversor en tales compañías. Tampoco se nos ocurre como aconsejable utilizar el dinero disponible para inversiones en época como la actual, donde es más probable una baja de actividad que una zona de expansión de los negocios. Por lo cual, estando en el otro extremo de unas razones que se argumentan, las dos notas terminaban en una misma conclusión: el no efectuar distribuciones suculentas de las sumas disponibles.

Así como tampoco es aconsejable elevar el capital y cantidad de títulos en juego cuando no se está en condiciones de asegurar una posterior gestión de crecimiento. Toda nueva acción adquiere valor en la medida que una empresa cambie el ritmo y genere utilidades acordes al nuevo capital. De lo contrario, lo que se produce es una «licuación» de capital y donde el precio de mercado no puede evolucionar. Con lo cual el accionista ve que tiene más papeles que antes, pero en su cuenta global hay menos dinero que antes. Iguales objetivos, muy distintos razonamientos.

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