12 de septiembre 2013 - 00:00

Cupones bursátiles

Burbuja IV. La brutal caída de la Bolsa de Nueva York en octubre de 1929 vino precedida de una floreciente situación económica. Los norteamericanos llegaron incluso a tener la sensación de que una nueva era de constante desarrollo económico había comenzado, pero Wall Street fue mucho más allá y los precios de las acciones acabaron por desentenderse de lo que sucedía en los fundamentos económicos.

A medida que el principal motivo de la subida de las acciones pasó a ser la expectativa de nuevas alzas, la manía especulativa se adueñó del recinto bursátil.

El optimismo de los años veinte tuvo mucho que ver en la formación de la burbuja, pero no fue el único responsable, también la abundancia de liquidez y las innovaciones financieras tuvieron su protagonismo.

En 1925, Gran Bretaña había vuelto al patrón oro a un tipo de cambio sobrevaluado, lo que provocó un flujo masivo de oro desde el Reino Unido hacia Estados Unidos. Con el objeto de apoyar la libra, la Reserva Federal adoptó una política monetaria de dinero barato que inundó de crédito los mercados. Pero sin duda lo que más influyó en la formación de la burbuja según Galbraith (1955) fueron las innovaciones financieras que permitieron generalizar las compras apalancadas de acciones y que dieron lugar a estructuras financieras piramidales.

En 1929, los signos de deflación en la economía mundial eran evidentes, principalmente en los productos agrícolas, que eran la base del comercio internacional.

El 24 de octubre de 1929 se produce el desplome en la Bolsa de Nueva York. Los valores bursátiles se devalúan. La venta de acciones especulativas arrastró a las demás, y la crisis se hace irreversible. Los especuladores se arruinan y arrastran consigo a inversores corrientes.

Los bancos quiebran y faltan capitales para la industria. El miedo detiene la inversión, el empleo disminuye, los precios caen y se descapitaliza la banca, con lo que no se pueden pedir créditos. El consumo se contrae, sobre todo el de los productos industriales. Y la superproducción produjo deflación en los precios. El patrón oro, para el valor de las monedas, dejó de tener sentido, y dejó de ser un sistema capaz de solucionar los problemas. Las economías no dependían ya del oro, sino de la capacidad industrial y de la posibilidad de hacer negocios y ganar dinero.

Todo el edificio piramidal se esfumó como humo y dio lugar a la mayor depresión conocida desde el comienzo del capitalismo.

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