2 de enero 2015 - 00:00

Cupones bursátiles

  Ocurrió en el 2000. Con 14 años, Jonathan G. Lebed hizo fortuna operando por internet, hasta que la SEC, lo pescó "in fraganti" y descubrió un fraude valorado en un cuarto de millón de dólares. La SEC fue tras el padre pero, descubrieron que el sagaz inversor no era Greg, sino el hijo, Jonathan, que había estado usando la cuenta a sus espaldas. El niño confesó entonces que llevaba 2 años, enganchado a la Bolsa. Por primera vez, la SEC se vio en la postura de presentar cargos contra un menor.

El asunto se solucionó sin necesidad de llegar a los tribunales: Jonathan accedió a devolver los u$s 272.000 conseguidos en 11 operaciones fraudulentas. El menor fue autorizado, a conservar otro medio millón de dólares obtenidos en 16 transacciones realizadas legalmente.

El comienzo fue sencillo. Con 8.000 dólares de la cuenta de su padre, Jonathan comenzó a comprar acciones de pequeñas compañías con poca liquidez. Horas después de haber adquirido las participaciones, a un precio bastante modesto, el niño enviaba cientos de correos electrónicos haciéndose pasar por asesor financiero, siempre con nombres falsos y haciendo correr rumores de este estilo: «Hay que comprar urgentemente: estas acciones van a valer 20 dólares muy pronto». Decenas de inversores on line picaron una y otra vez y contribuyeron a sobrevalorar las acciones del interesado, que daba incluso instrucciones para vender, cuando la cotización llegara a un tope.

Duró 2 años la investigación, hasta que logró ser detectado por la SEC. Además de poseer una predisposición para los números, no podemos dejar de asombrarnos ante la osadía de este niño, que elaboró toda una estrategia, para poder hacer negocios en Bolsa. Mas allá de que un fraude, no deja de serlo porque lo realice un menor, es admirable, como las nuevas generaciones, evolucionan rápidamente, gracias a la informática.

Este episodio no hubiese existido sin el anonimato que proporciona internet, y a la vez nos pone en alerta, ante la situación de mantener nuestras claves, en la más absoluta reserva.

Esperemos que a Jonathan le haya servido la experiencia, sobre todo la del dolo, que no se puede construir la propia fortuna, falseando información, perjudicando a terceros, creyendo que será tratado sólo... como un juego de niños.

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