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Default argentino, el fantasma para Grecia

En teoría, el default debería ser costoso. El daño que causa es el mayor incentivo para que los países deudores honren sus promesas. No obstante, hay muchas ocasiones en que los Gobiernos juzgan que los beneficios de defaultear son mayores que los costos implicados. Un estudio del FMI, realizado por Eduardo Borensztein y Ugo Panizza, hace un recuento de 257 casos de defaults de deuda soberana, entre 1824 y 2004. Sólo entre 1981 y 1990 hubo 74 defaults.
La evidencia sugiere que los castigos por defaultear son generalmente menores que los que le fueron impuestos a la Argentina. La experiencia de ser rechazado por los mercados internacionales no es común. Al menos en los últimos años, los países que cesaron sus pagos de deuda fueron capaces de reingresar a los mercados tras la reestructuración.
Los problemas de la Argentina parecen estar llegando recién ahora -después de ocho años de declarado el default- a una solución, mediante un acuerdo final con sus acreedores.
El default afecta el costo de los fondos de un país. Un estudio realizado en 2006 por el Banco de Inglaterra establece que los países que entraron en default entre 1979 y 2000 tuvieron tanto un aumento en el diferencial de tasas de los bonos como una menor calificación crediticia en 2003-05 que los países que -en proporción- presentan la misma deuda, pero que no defaultearon.
Los mercados parecen tener mala memoria. Sólo los defaults recientes importan y los efectos en el diferencial de tasas son de corta vida. Borensztein y Panizza descubrieron que las calificaciones crediticias entre 1999 y 2002 se vieron afectadas sólo por defaults ocurridos a partir de 1995. También establecieron que los defaults no tienen efectos significativos en el diferencial de tasas de los bonos después del segundo año.
Países cuyas deudas no son reestructuradas sufren mayores y más persistentes castigos. El estudio del Banco de Inglaterra sostiene que las pérdidas en la producción para los países que no llegaron a un acuerdo con sus acreedores son tres veces mayores que para aquellos que consiguieron reestructurar su deuda. Los detalles de la reestructuración también importan. El diferencial de tasas de los bonos suele ser mayor en países como Ecuador, donde sus acreedores fueron obligados a aceptar pérdidas de capital, que en aquellos como Pakistán o Ucrania, donde los recortes fueron menos severos. El default no sólo afecta al Gobierno del país que deshonró aquella promesa. Otro estudio del FMI descubrió que ese default lleva a una disminución del 40% de los créditos para las compañías privadas. Incluso países que no defaultean pueden verse afectados por la onda expansiva.
Algunos países ricos que poseen tensiones en sus finanzas públicas tienen también mucho para preocuparse respecto del default griego. Grecia no puede darse el lujo de ser optimista. Hay innumerables razones para pensar que la experiencia griega, en lo que refiere al default, puede ser mucho peor que el promedio.
El impacto de un default griego, que sería el primero en un país rico desde la Segunda Guerra Mundial, puede ser mayor. Si Grecia se va al default, lo hará mientras la economía mundial sigue siendo débil, el crédito escaso y los acreedores de deuda soberana están ganando grandes cantidades de dinero. Por eso el mercado puede ser menos hospitalario que en el caso de otros defaults recientes.
El uso del euro por parte de Grecia también significa que no puede devaluar. Esto implica que tendrá que imponer beneficios mayores a sus acreedores y puede enfrentar un aumento en el costo de los créditos que supere al promedio.

