12 de abril 2017 - 23:54

Déficits gemelos: un diseño macroeconómico insostenible

El diseño de política macroeconómica que lleva adelante el Gobierno nacional ha agudizado los desequilibrios externo y fiscal de un modo tal que la corrección de los mismos sólo puede asumir niveles traumáticos.

Este planteo se objetiva en el nivel de tasa de interés definida por el Banco Central para remunerar sus colocaciones de absorción monetaria (Lebac), que fluctúa en torno a un piso del 23% nominal anual y que es fuertemente positiva respecto del nivel del tipo de cambio, que permanece prácticamente inmóvil. En la medida en que colocar Lebac rinde 1,9% mensual en dólares, se desplaza cualquier opción de inversión de renta productiva y aún de renta inmobiliaria. El costo de oportunidad financiero es imbatible.

El balance cambiario del Banco Central para el cierre de 2016 muestra un abultado déficit de cuenta corriente -es decir, del giro ordinario de divisas- de u$s15.835 millones, compensado por el superávit de la cuenta capital y financiera de ese mismo balance de u$s29.587 millones. La suba de reservas internacionales se eleva a u$s13.753 millones. Este financiamiento de un desequilibrio tan agudo en la evolución del giro ordinario de divisas se logró con un ingreso de capitales por deuda pública y privada de u$s37.297 millones, de los cuales sólo u$s4.061 millones lo hicieron por inversión directa y de portafolio. Así, de cada u$s100 ingresados por la vía financiera, u$s90 corresponden a deuda y sólo u$s10 a inversión.

Este diseño de sustentabilidad del sector externo afirmado en un voluminoso ingreso de divisas por la vía del crédito externo torna inviable un descenso importante de la tasa de interés doméstica, pues necesita traer dólares para que se valoricen financieramente, afirmando el predominio de la renta financiera sobre la de activos reales.

¿Hasta cuándo puede continuar una política económica que abulta el desequilibrio externo y lo financia con una estrategia de dólar barato y tasa interés interna alta?

La respuesta puede encontrarse en las apuestas del Gobierno por garantizar tasas de rentabilidad singularmente altas en algunos sectores productivos a los que han elegido como dinámicos. En esa dirección se explica la transferencia de ingresos a los sectores agropecuario, minero y energético, por distintos mecanismos. Pero el Gobierno parece olvidar dos cuestiones: 1) que las tres actividades mencionadas apenas representan el 16% del PBI de la Argentina y 2) que aún con tasas de ganancia muy alta, difícilmente lideren un proceso de inversión que compense el deterioro que ocurre en las otras dos ramas productivas relevantes (industria y construcción) y en el vasto campo de los servicios ligados a una dinámica propia del mercado interno.

Es decir, estamos asistiendo a un retorno de la valorización financiera como opción económica en el país pero que a la vez es un tránsito hacia ninguna parte, ya que los sectores productivos beneficiados no pueden liderar ninguna transformación sustentable.

El otro equilibrio que esta política ha vulnerado gravemente es el fiscal. El déficit primario alcanzó los $359.382 millones al cierre de 2016, superando en un 53% el guarismo con que finalizó 2015. Los ingresos tributarios 2016/2015 crecieron un 37,8%, por debajo del índice inflacionario reconocido por el INDEC para 2016 del 39,4%. Si se le detrae el impuesto ingresado por la exteriorización de capitales (tributo extraordinario por única vez), la recaudación tributaria apenas creció, año contra año, un 22,9%, muy por debajo del promedio general de precios.

Mayor desequilibrio externo, mayor desequilibrio fiscal y ausencia de horizonte en la economía real para resolverlos. La vuelta de la Argentina financiera arrastra los peligros y las debilidades del pasado. De cara al futuro inmediato, los interrogantes radican en las correcciones posibles y en el tiempo breve en que éstas se puedan llevar a cabo. Es nuestro deseo que el Gobierno advierta el riesgo y modifique el rumbo. Pero el panorama, hay que decir, no es auspicioso.

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