17 de septiembre 2009 - 00:00

Del realismo alemán a la contemplación oriental

Elmar Wepper y Hannelore Eisner, los notables protagonistas de «Las flores del cerezo», film de madurez de la alemana Doris Dorrie que busca congeniar dos estilos narrativos y estéticos muy diferentes.
Elmar Wepper y Hannelore Eisner, los notables protagonistas de «Las flores del cerezo», film de madurez de la alemana Doris Dorrie que busca congeniar dos estilos narrativos y estéticos muy diferentes.
«Las flores del cerezo» es una obra de madurez de la habitualmente desenfadada directora alemana Doris Dörrie. A diferencia de sus humorísticos films anteriores (mejor dicho de los que se estrenaron en la Argentina, al menos: «Hombres, hombres», «Nadie me quiere», «¿Soy linda?» y «Sabiduría garantizada»), éste es el drama de una familia enfrentada a pérdidas contundentes. Su particularidad es que se divide en dos partes bien diferenciadas.

En la primera, redondamente realista -la que genera mayor identificación en cualquier parte- Trudi, una ama de casa ya grande, se entera de que su marido, Rudi, tiene una enfermedad terminal y, guardando el secreto sólo para sí, lo invita a visitar a los hijos treintones; toda una ruptura de su tranquilizadora rutina que el hombre acepta a regañadientes. Dos viven en Berlín, donde se produce el primer extrañamiento de esa pareja de pueblo en un medio desconocido (una característica del cine de Dörrie), por la ciudad misma y por la actitud distante o exasperada según los casos, de los hijos, nueras y nietos ante su presencia. Allí, como ocurre a menudo entre padres e hijos, la única que parece ver en ellos a dos personas de interés es una completa extraña. Cuando están decidiendo si viajar o no a Tokio a ver al hijo menor, Trudi muere repentinamente, dejando a Rudi totalmente

desorientado y, ahora sí, solo.

La pérdida produce en él oleadas de comprensión de que la imposibilidad de comunicarse con sus hijos no es nada comparada con su desconocimiento (o negación) de la verdadera naturaleza, los talentos, la especial sensibilidad de la mujer que le había consagrado su vida a él. El dolor de la pérdida, sumado a la culpa por su egoísmo recién ahora consciente y confeso, y el terror a la soledad son los hilos que conducen a Rudi a una loca experiencia en Japón e introducen al espectador en otra película.

En esta segunda parte aparece y se despliega como nunca otra obsesión de Dörrie: Japón. Una cultura que ella idealiza, a juzgar por la atención que le viene dedicando en films sucesivos. Amén de su propia fascinación con esa idiosincrasia -en las antípodas de la alemana, por no decir la occidental en general, de más está aclararlo-, esta película es un homenaje explícito al cineasta japonés Yasujiro Ozu (en particular, al film «Cuentos de Tokio»), por su tema, pero sobre todo por su estética. Esto se traduce en un estilo contemplativo (léase moroso, ceremonial y poético) para describir el encuentro de Rudi con una muy joven bailarina callejera de butoh, la única con la que logra ser él mismo pese a sus rotundas diferencias. Ella le servirá de guía en unos ritos de iniciación que no viene al caso revelar. El asunto, más bien exótico, tiene su belleza, pero no deja de sonar artificioso y difícil de integrar con la «otra» película, aunque desde un plano más elevado de síntesis, puede que las dos partes no sean del todo incompatibles.

Aun cuando se prefiera la primera parte, si de todas maneras esta obra conserva su interés hasta el final, se debe a los detalles psicológicos y sociológicos que Dörrie nunca deja de apuntar con lucidez, y a los buenos actores,; especialmente los exactos Elmar Wepper (Rudi) y Hannelore Elsner (Trudi).

Dejá tu comentario