19 de enero 2010 - 00:00

Desafío sin precedentes para los Cascos Azules

La noticia de que en el terremoto de Haití, Naciones Unidas ha sufrido una de las mayores pérdidas de recursos humanos en toda la historia de sus misiones de mantenimiento de paz es un signo del grado de implicación que la entidad ha desarrollado en el mundo. El uso de los cascos azules como fuerza policial internacional aumentó considerablemente porque, como lo explica el propio organismo, «el contexto estratégico de las operaciones de mantenimiento de paz cambió fundamentalmente con el fin de la Guerra Fría» y se pasó «de las tareas estrictamente militares, a empresas multidimensionales». Si inicialmente se trató de intervenir en conflictos entre Estados, hoy cada vez más deben lidiar con crisis intraestatales.

La desaparición del mundo bipolar abrió la era del «intervencionismo humanitario» y los efectivos de la ONU se vieron operando en medio de conflictos étnicos y guerras civiles, con resultados que a veces orillaron el desastre. Somalia fue un trago amargo para este nuevo estilo, ya que los señores de la guerra no mostraron el mismo respeto a la autoridad internacional que profesaban los ejércitos regulares. Las misiones de paz se volvieron peligrosas. Pero, con algunas pausas, la nueva tendencia se mantuvo.

Desde que se inauguraron -en 1948 para supervisar la tregua en la guerra árabe-israelí-, las fuerzas de paz de la ONU han participado ya en 63 operaciones de ese tipo, habiendo perdido, sin contar Haití, 2.609 efectivos en el terreno.

En diez años, el número de cascos azules (soldados, civiles y fuerzas policiales) pegó un salto descomunal, pasando de 20.000 a 116.000, lo que convierte al de la ONU en el segundo ejército desplegado en el mundo detrás del de Estados Unidos. El presupuesto total de operaciones pasó en diez años de 840 millones de dólares a cerca de 8.000 millones.

El cambio fue también cualitativo: hoy no sólo deben garantizar la seguridad, sino también reconstruir el Estado de derecho, apoyar los procesos políticos, velar por el respeto de los derechos humanos y asegurar la asistencia económica y humanitaria. Tarea titánica de la cual justamente Haití era considerado un ejemplo exitoso.

Con sus 11.073 efectivos, la misión de estabilización de la ONU en Haití (Minustah) es una de las más numerosas en curso, aunque ampliamente superada por la del Darfur (20.000 efectivos).

La sede de la ONU en Puerto Príncipe se derrumbó y se ha confirmado hasta ahora la muerte de 40 miembros de su equipo, entre ellos, el jefe de la misión, el tunecino Hedi Annabi, su segundo, el brasileño Luiz Carlos da Costa, y el comisionado interino de la Policía de la ONU en la isla, el canadiense Doug Coates.

La ONU no había perdido un jefe de misión desde el atentado a sus oficinas en Bagdad en 2003 en el cual murió el brasileño Sergio Vieira de Mello.

En un país física e institucionalmente devastado como Haití, los cascos azules bien pueden convertirse en un último reaseguro contra el caos total. Una misión de elevadísimo riesgo.

El secretario general Ban Ki-moon ha solicitado el envío de 3.500 cascos azules más a Haití. La decisión depende del Consejo de Seguridad. Pronto se verá si el compromiso de los miembros de mayor peso del organismo está a la altura de las circunstancias.

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