El director marplatense Mariano Laguyás (“Chau”, “El tiempo compartido”) realizó este largometraje en un mundo prepandemia, donde los únicos distanciamientos preventivos (y no siempre obligatorios) entre las personas eran los que fijaban los muros que ellas mismas levantaban.
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“Después del recreo”: un juego “en abismo”
Aquí el arquitecto Ariel (Claudio Lago) levanta varios, a los que en conjunto llama “El Recreo”, pero con el fin de que dentro de él vivan con su pareja Elena (Karine Levine), quien pese a sus 52 años ya se jubiló como profesora de literatura y eso le pesa en el alma. Ariel, presuntamente, la iguala o supera en edad, aunque no en sus fobias para “volver a empezar”, tal como llamó José Luis Garci a su film ganador del Oscar sobre los amores de edad avanzada. Pero, lejos de ser un drama o siquiera una comedia romántica, “Después del recreo” se enrola en un experimentalismo juguetón que consiste en ensamblar, no ya familias, sino capas de relato. A la manera de las cebollas, o de las mamushkas, como menciona Ariel en un momento, el cruce de esa pareja con otra más joven, ambos alumnos de ella (en alguna capa del relato sí, en otra no), y que ahora son exitosos escritores que lograron lo que ella siempre anheló, produce el primero de los muchos twists y guiños que tiene el film, en el cual nada es literal: el éxito de ellos puede ser argumento de la novela que al fin se decide a escribir la profesora, al igual que la tercera capa del relato, la de la representación de una historia de los años 30. Una película que tal vez, así contada, parezca compleja, pero es clarísima como la diversión que tuvieron sus responsables mientras la hacían.


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