La Presidente arrancó el diálogo diciéndoles a los obispos que había leído el último documento del Episcopado. «Pero tengo que hacerles un reproche», dijo en tono sonriente. Silencio del otro lado. «Ustedes hablan que el Bicentenario hay que esperarlo con el espíritu del Centenario... pero cuando se celebró el primer Centenario en la Argentina había estado de sitio.»
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Este recibimiento descolocó a los obispos, pero no impidió que el resto de la reunión fuera un torneo de sombrerazos, buscando unos y otros halagarse mutuamente. Por eso se eludieron los temas que separan a las partes, como la pelea por el futuro del vicariato castrense (affaire Baseotto) o los proyectos sobre aborto o temas educativos que algunos kirchneristas promueven para irritación de la Iglesia. De todos modos, la Presidente rozó estos temas cuando dijo: «Saben que mi principal obsesión es la educación, pero ahora, en este momento, es el desempleo. Cada desempleadoes una familia sin recursos». Los obispos no pudieron sino sumarse a tanta compunción.
Bergoglio le quebró el saque a la Presidente con una reflexión que la dejó embelesada (tanto que prometió la usará en discursos): « Señora Presidente, a veces pienso que cuando cayó el Muro de Berlín quedó un solo poder en el mundo, que era el capitalismo. Con esta crisis, ese poder también ha caído; la lección es que el único poder que existe es el poder de Dios». Nadie pudo superar la dialéctica del primado.
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