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Diálogos de Wall Street
El periodista dialoga con el experto en mercados mundiales personificado como Gordon Gekko -de la película «Wall Street», de Oliver Stone-, quien avizora que el plan de estabilización europeo comienza a funcionar aunque el fantasma del complot contra el euro sigue presente. «Lo dijo la premier alemana Angela Merkel: 'Es una guerra entre los mercados y la política'. Los europeos saben quiénes mandan en los mercados. La desconfianza está instalada aunque no se la reconozca», aseguró.
Gordon Gekko: Fue una buena manera de tomarle la presión.
P.: La respuesta fue alentadora. Las Bolsas europeas subieron a pesar del retroceso lógico de Madrid. ¿Una primera señal de que se retoma la compostura ante la adversidad?
G.G.: No es la primera. Pero es muy evidente como para ignorarla.
P.: El plan de estabilización europeo comienza a funcionar.
G.G.: No faltará quien ponga el acento en el feriado en Londres y Wall Street.
P.: Dirán que la conspiración anglosajona se tomó descanso.
G.G.: Tal cual.
P.: ¿Cree que la visión predominante sigue siendo tan terca y cerrada? El propio titular del Banco Central Europeo (BCE), Jean-Claude Trichet, desestimó la existencia de un complot contra el euro.
G.G.: Seguro. La conspiración no tiene cabida en el discurso oficial. Pero, lo dijo la premier Angela Merkel, «es una guerra entre los mercados y la política». Y los europeos saben quiénes mandan en los mercados. La desconfianza está instalada aunque no se la reconozca.
P.: Grecia está peor que España. Pero, hoy por hoy, el que más ruido produce es España. ¿Cómo se entiende?
G.G.: Todo es relativo. Cuando los mercados buscan un villano, siempre lo encuentran. No necesariamente es el peor de todos los candidatos. Ni siquiera importa que sea muy malo. Lo central es que sea vulnerable.
P.: ¿España es más vulnerable que Grecia?
G.G.: Ocurre que, de momento, la Unión Europea bloqueó todas las vías de acceso a Grecia. No es fácil atacarla y concretar un beneficio rápido. El paquete de ayuda ya está operativo. Grecia recibe los desembolsos que le permiten atender los pagos de los vencimientos de su deuda. Y los bonos que más compra el BCE, en su programa de soporte, son los de la deuda griega. Se estima que a razón de 2 mil millones de euros por semana.
P.: Lo que genera suspicacias. Se habla de un marcado malestar en el Bundesbank.
G.G.: ¿Por qué se compra tanta deuda griega? No está claro. En los hechos se le está dando salida a la banca más comprometida. Y los alemanes han dejado traslucir su impresión de que se está favoreciendo, deliberadamente, a los bancos franceses.
P.: Como sea, Grecia está blindada y España, no.
G.G.: A Grecia se la dio por muerta y ahora resulta que sobrevive. Es un avance. España es más sólida, su situación no admite comparación. Pero la dinámica que la rige es de claro retroceso. Y, como usted dice, carece de una protección ad hoc, a la que pueda echar mano de manera específica. Con todo, los mercados se adelantaron. Y por eso el impacto de la baja de calificación no fue tan perjudicial. Fitch redujo el rating de las obligaciones hispanas de AAA a AA, pero los precios de la deuda son compatibles con una calificación muy inferior, en el renglón de los BBB.
P.: Habló del Banco Central Europeo. Y del malestar alemán. Llamó la atención, el despliegue comunicacional de su presidente, Jean-Claude Trichet. Dio dos conferencias hoy (por ayer) más una entrevista en Le Monde. No recuerdo nunca antes tamaño bombardeo.
G.G.: Súmele las declaraciones de los dos candidatos más fuertes a suceder a Trichet en el comando del BCE. Axel Weber y Mario Draghi. Ambos tocando un tema común: la necesidad de limitar el programa extraordinario de compras de bonos públicos, en monto y tiempo.
P.: Todo lo contrario de lo que hizo la Fed en su momento. Europa toma una medida decisiva, lo hace mal y con tardanza y, ni bien da los primeros pasos, ya está pugnando por abandonarla. ¿Cree que la compra de bonos tiene las semanas contadas?
G.G.: No. Pero es obvio que existe oposición. El propio Trichet no está contento con tener que ejecutarla. Pero, ¿cuál es la alternativa a mano?
P.: ¿Cuál?
G.G.: Ninguna. Los programas de austeridad -lo que los europeos llaman la «consolidación fiscal»- llevarán tiempo antes de arrojar resultados favorables. En el camino, hasta Francia puede perder la calificación AAA. Y no lo digo yo, lo reconoció el ministro encargado del presupuesto, Francois Baroin.
P.: Se le preguntó a Trichet qué pasaría si Grecia no honra sus compromisos de ajuste, si hay un Plan B, pero la respuesta fue una evasiva.
G.G.: No podría responder de otra manera. Supongo que el año que viene habrá un Plan B. Mientras tanto, el BCE, si quiere, podrá seguir ratificando su independencia y su celo en la lucha contra la inflación, pero no podrá correr el hombro.
P.: En la trastienda de la economía, la política es una variable clave. Ya vimos los desórdenes en Atenas, los infinitos titubeos de Merkel; la crisis se llevó puesto al Gobierno laborista en Gran Bretaña y ahora asistimos a la pulverización del Gobierno de Zapatero en España. Más de la mitad de los españoles, según una encuesta publicada en El Mundo, quiere elecciones anticipadas. ¿Hasta dónde llegarán los vientos de cambio?
G.G.: Será difícil canalizar el descontento. La crisis erosiona primero a quien ostenta el poder pero, en general, socava a todo el establishment y favorece las posiciones marginales. Así volvieron a tallar los liberales en Gran Bretaña. Ya hemos visto en EE.UU. cómo la crisis desalojó a Bush y le abrió las puertas a las promesas de cambio de Obama. Pero, aun habiendo enderezado la marcha de la actividad económica, la insatisfacción popular, apenas un año después, le pasó factura a los demócratas. En Europa el proceso es más peligroso. Por la rigidez de la economía. Porque las tensiones hacen blanco en el proyecto supranacional de la integración, que es una arquitectura frágil y de consenso voluble. Pero, sobre todo, porque hay una tradición de posturas extremas que es un beneficiario natural de las situaciones de río revuelto.

