12 de agosto 2011 - 00:00

Diálogos en Wall Street

¿Culminó el sufrimiento? ¿Se logró dominar el descontrol y regresa la paz en las finanzas? Caso contrario, ¿qué disparará la próxima recaída? Urge elaborar un balance del frenesí bipolar que azotó a Wall Street, y Gordon Gekko, el alias de un abnegado timonel en los azarosos mercados internacionales, arrima impresiones que -en medio del vaivén infernal- se destacan por la firmeza de su trazo.

Periodista: ¿Terminó la corrida? ¿Doblamos el Cabo de Buena Esperanza?

Gordon Gekko: Nuevamente.

P.: La suba, esta vez, luce más creíble. Todos los instrumentos que oficiaron como refugio en la tempestad -desde el oro hasta el franco suizo o los bonos del Tesoro- están cayendo y pari passu se recuperan con fuerza los activos de riesgo.

G.G.: El alza es contundente. No hay duda. Los que (anteayer) se morían por vender hoy (por ayer) no dan abasto por comprar. Pero el trasfondo es de desconfianza y usted todavía permanece vulnerable a la irrupción de malas noticias.

P.: Si ningún imprevisto grave acontece, la dinámica de los mercados, ¿optó ya por el camino de la recuperación?

G.G.: Tiene sus buenas razones. Toda esta semana, cuando los mercados se estremecieron, lo que asustó a los inversores fue puro humo. El verdadero misil -inobjetablemente dañino- fue la reducción de las expectativas de crecimiento económico. Pero impactó la semana anterior.

P.: No estaba claro tampoco qué sucedería con el contagio de la deuda europea. No era un tema menor.

G.G.: De acuerdo. Pero ya el domingo por la noche el Banco Central Europeo (BCE) anunció que revisaba su posición de prescindencia y se avenía a intervenir a través de la compra de deuda pública de España e Italia.

P.: ¿Y la rebaja de la calificación de la deuda de los EE.UU.? ¿También es humareda?

G.G.: La percepción de riesgo crediticio no se alteró. En ese sentido, fue otro bluff. Si aumentó la predisposición a refugiarse en las obligaciones del Gobierno, ¿cómo puede justificarse que destruya la confianza en las acciones? No es fácil de entender, más allá de un mero efecto manada que sólo se justifica por la profunda confusión de las ideas.

P.: No se olvide de que todo está muy frágil. Nadie puede asegurar que la propia estampida de los inversores no termine dañando la salud de la economía.

G.G.: Desde ya. Sólo digo que no había razones serias para correr. Salvo el hecho de que todos los demás también lo hacían.

P.: Le repito la pregunta que le formulé después del cónclave de la Fed. Allí también se experimentó una bocanada de alivio. ¿Durará?

G.G.: Suponiendo que el flujo de noticias resulte neutral, sí. No obstante, cruce los dedos para que Europa motu proprio (y sin necesidad) no lo arruine.

P.: No lo creo. ¿Después de lo que pasó?

G.G.: Que la corrida contra la deuda europea le haya puesto la pistola en la frente a Francia es lo mejor que pudo haber ocurrido.

P.: Eso pienso. Queda claro que con esta bestia sedienta de sangre no se juega.

G.G.: Y que hay un set de principios para la periferia y otro para los países del mezzanine como España e Italia. Pero hay un tercero, mucho más flexible y alejado del habitual sermón dominical, cuando el drama roza a los dos países que hacen las reglas de la Unión Europea.

P.: El susto enseña.

G.G.: La política de compra de deuda en los mercados secundarios debería mantenerse más allá de lo que dure el sabor agrio de esta experiencia. Si asoma un atisbo de echarse atrás, de querer economizar exposición, Europa atizará las cenizas.

P.: ¿Qué fue lo que torció, a su juicio, la dirección a pique de los mercados? ¿La jugada de la Fed, tan fuera de libreto?

G.G.: La decisión clave se tomó el domingo a la noche. Uniformar posiciones en el G-7. Y la consiguiente vuelta del BCE al redil. Si no se cortaba el dominó nefasto sobre la deuda europea, hoy estaríamos hablando en un tono sombrío.

P.: El BCE comenzó a intervenir el lunes y ese día, sin embargo, corrió sangre en los mercados.

G.G.: Usted detiene un vehículo accionando el pedal del freno. Si la inercia es muy fuerte, no frenará en el lugar ni el mismo momento. Pero es evidente que la eurozona no podía contener la crisis haciendo rebajes con la política fiscal y que, contra su voluntad y su set básico de principios, tenía que usar el freno de mano del BCE. Y ahora que la corrida le mostró los dientes a Francia (y a los bancos franceses), es obvio que no podrá tampoco prescindir del BCE. Entiéndame bien: aun cuando capitalice por fuera el Fondo de Estabilidad Financiera (FEEF).

P.: ¿Y el papel de la Fed?

G.G.: Su jugada fue brillante. Sobre todo, porque se guardó el QE3 (otra compra masiva de bonos) en el bolso. Y ya se sabe que la munición no sobra. Importa que el banco central no pierda de vista la realidad. El tema importante por digerir es que hay que rectificar la proyección de crecimiento de la economía. Y cuando la Fed extiende la vigencia probable de las tasas bajas hasta mediados de 2013 no pretende maquillar esa debilidad, muy negativa y preocupante, que entró por la ventana fuera de agenda. La asume plenamente. Y, a la par, no compra nada, ni cien gramos, de todo este merchandising en oferta de la agonía de la deuda pública. Enfrentamos la silueta de una recesión que será arduo esquivar. Pero no estalló una crisis de crédito soberana. Estamos peor, pero no tiene por qué haber una explosión.

P.: ¿Le seguimos los pasos a Japón?

G.G.: Vamos en esa dirección si la economía no levanta vuelo.

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