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Diálogos en Wall Street
Mientras Angela Merkel propone una nueva Europa, el mundo padece por las penurias de la Europa que conocemos (hoy, la única que existe). Bastó ayer una pobre subasta de deuda italiana para azuzar otra vez el desánimo. En la entrevista con Gordon Gekko, el seudónimo de un veterano rastreador de las finanzas internacionales, se pasa revista a las vicisitudes recientes del Viejo Continente.
Gordon Gekko: Merkel reconoce que es el momento más delicado que vive Europa desde la posguerra. Otra cosa es que despierte confianza como piloto de tormentas.
P.: Ha sido más eficaz en convocar la tempestad que en urdir las maniobras de escape.
G.G.: Estoy de acuerdo. Pero todavía pienso que retiene el destino de Europa en sus manos. Aún no se lo arrebató la crisis.
P.: ¿Con Italia al borde del naufragio?
G.G.: Usted lo dijo. Todavía está al borde.
P.: Merkel reclama unidad política para sortear la encrucijada. Y ya parece haberla conseguido. Grecia e Italia estrenan Gobiernos. En ambos casos, su programa de acción (definido en las cumbres de Bruselas de fines de octubre) se conoció antes que el nombre de sus integrantes.
G.G.: Es un error. Y puede llegar a costar muy caro.
P.: Tenía razón: llegó la hora de la tecnocracia. Tanto Lucas Papademos como Mario Monti pueden mostrar muy buenas credenciales profesionales. Sin embargo, no comparten el entusiasmo general. ¿Dónde ve el problema?
G.G.: En el repliegue de la política. Me refiero a la política nacional, a las fuerzas políticas internas. Está claro que Merkel y su partido -la Unión Demócrata Cristiana (CDU)- imponen las reglas.
P.: Ello no quita que tanto en Grecia como en Italia la población salude la renovación. No se trata de un movimiento en contra de lo que piensa la opinión pública. No es impopular.
G.G.: Piense en la Argentina de marzo de 2001. El 70% de la población confiaba en que Domingo Cavallo iba a producir un milagro. Apoyaba su rol providencial. Después cargaría todo el peso del fracaso sobre sus espaldas. Es un error que los políticos que gestaron esta situación delicada puedan despegarse sin más, alejarse por un puente de plata y transferirles la responsabilidad a la técnica y a sus ejecutantes. Las encuestas no generan compromiso. Cuando las cosas se compliquen, y haya que exigir nuevos sacrificios, ¿cómo se hará si los políticos ya no son los responsables? Después de todo, ¿quién votó a Papademos? ¿Quién votó a Mario Monti? ¿Cómo seguirá entonces la película? ¿Habrá que designar un interventor desde Berlín? Si todo termina mal, ¿Alemania tendrá la culpa, y los griegos y los italianos no habrán tenido nada que ver?
P.: Usted desconfió de Papandréu y su referendo. Lo consideró una excusa para salir del ruedo antes que fuera demasiado tarde. Pero Berlusconi, a decir verdad, no quería dar el paso al costado.
G.G.: No, pero se le hizo el favor. Mire, la mayor excentricidad de Berlusconi fue su prolongada estabilidad política. Ahora se abrió la Caja de Pandora. Que la mano de hierro de Merkel pueda decidir qué genios salen a escena y cuáles no no me deja muy convencido. Y menos con Berlusconi como espectador en el palco.
P.: Mario Monti no tendrá luna de miel. La subasta de bonos de hoy (por ayer) fue un zafarrancho.
G.G.: Y todo por colocar una emisión de apenas 3 mil millones de euros a cinco años.
P.: O sea, el uno por mil de lo que Italia refinancia de su deuda pública por año.
G.G.: Levemente menos. Tuvo que pagar el 6,29%. Un punto más que el 13 de octubre «en tiempos de Berlusconi».
P.: Las consecuencias negativas salpican más allá de la bota.
G.G.: Qué duda cabe. La deuda eslovena ya pasó el fatídico umbral del 7%. Chipre se aferró a la soga que le lanzó Rusia. España, el mejor alumno de los sentados en el banquillo, no se salvó por la buena letra realizada.
P.: ¡Qué va! La tasa a diez años pegó un salto al 6%. La prima de riesgo-país marcó un hito histórico.
G.G.: Y no puede decirse de Zapatero que haya militado en la misma liga que Papandréu o Berlusconi.
P.: El discurso de Merkel sobre una nueva Europa puede ser grandioso. Su determinación, tajante. Pero si los mercados no se calman, me temo que Europa se fracturará en pedazos mucho antes.
G.G.: Europa perdió la credibilidad y debe recuperarla. Y si Merkel precisa que haya susto para imponer disciplina, ya superó la dosis adecuada. Avanzó mucho en gestar una conducción política firme y nada en recrear la estabilidad financiera.
P.: El famoso fondo de rescate y su potenciación quedó en agua de borrajas.
G.G.: La idea de llevar el poder de fuego de la Facilidad de Estabilidad Financiera (FEEF) a un billón de euros -como se publicitó después de las cumbres de octubre- no logró ni siquiera carretear.
P.: Fue muy mal diseñada.
G.G.: Merkel es implacable con los errores de los demás, pero no ve la viga que se estampó en la frente. El reforzamiento del fondo de rescate no pasó de ser un «bluff». Y esa falla está en el corazón de la grieta que se abre en los mercados de crédito.
P.: El Banco Central Europeo (BCE) debiera ser el comodín de la estrategia de defensa. Como lo han sido la Fed o el Banco de Inglaterra. Sin embargo, la semana pasada, con la situación financiera al rojo vivo, redujo su intervención a la mitad.
G.G.: Berlusconi, agradecido.
P.: ¿Piensa que se logrará comprometer al BCE o seguirá permaneciendo al margen?
G.G.: El BCE ya está involucrado. Si se retira de los mercados secundarios de deuda, es «game over». Pero no está comprometido con el resultado. Es el peor de los mundos. Convalida el desastre de la deuda, y les da salida a los que huyen espantados. ¿Echa agua? Sí. Pero no es su responsabilidad apagar el fuego. La presión para que asuma el rol de muro de contención tiene que ser extraordinaria. Y la mejor prueba es la sucesión de rechazos que emitió el propio BCE estos últimos días. No menos de cuatro o cinco directores expresaron su negativa. Incluyendo el presidente del Bundesbank, Jens Weidmann, que aterrizó allí por ser asesor de Merkel.
P.: ¿Usted qué piensa?
G.G.: Si la gente creyera en las desmentidas, sería el tiro del final. Pero como no avizora un giro pronto, tampoco cesan los barquinazos.


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