10 de septiembre 2012 - 00:00

Diego Rougier: un western pero con acento chileno

«Al viejo de la película le dicen Vizcacha», dice Rougier. «Es un personaje argentino que llevamos en el ADN».
«Al viejo de la película le dicen Vizcacha», dice Rougier. «Es un personaje argentino que llevamos en el ADN».
Alto, levemente parecido al Shaggy de Scooby Doo pero infinitamente más despabilado, Diego Rougier tenía en su haber la creación de MuchMusic y la dirección de unos 80 videoclips, cuando en 2004 emigró a Chile y se le pegaron la tonada chilena, esposa y socia chilena, y el éxito en la TV chilena. El pasado jueves estrenó en Buenos Aires su primer largo, un western chileno-argentino ambientado en la actualidad, de título más que breve: «Sal». Las siguientes son sus declaraciones, durante una charla en la Embajada de Chile.

Periodista: ¿Ya se estrenó en Santiago?

Diego Rougier: En mayo último. No diré que fueron multitudes, pero gustó mucho su originalidad. Nadie antes había filmado allá un western, y menos en pleno desierto de Atacama.

P.: ¿Cómo se le ocurrió semejante lugar?

D.R.: Me fascinó desde que lo vi, hace años. Para un relato dramático, estar ahí, en medio de la nada, es como estar en una cárcel sin barrotes. No se sabe adónde escapar. Para el rodaje nos establecimos en Iquique. De ahí, 250 kilómetros en camionetas hasta Pica, y otros 200 hasta Salar Grande y los restos de una empresa salitrera, llevando agua, comida, baños, camiones generadores, tiendas, protectores, etc. Pero valió la pena. Vinieron mi esposa, la actriz Javiera Contador y el productor argentino Mario Levit

P.: La película está dedicada a Luigi Araneda.

D.R.: Si, el productor ejecutivo de la parte chilena. El en medio de la nada instaló todo, levantó ranchos, compró cabras y gallinas, nos proveyó cena caliente (de noche el frio del desierto es muy intenso). Pero además, Araneda también supo convencer a la Aduana cuando llegó el cargamento argentino de efectos especiales. Para probar que las pistolas tenían balas de fogueo, fue al medio de la ruta, abrió los brazos y pidió que le dispararan. Murió meses después, de un ataque al corazón en la oficina del Consejo Audiovisual.

P.: Usted ya tenía prestigio por la TV.

D.R.: Sí, por las versiones chilenas de «Casados con hijos», que dirigí cuatro temporadas, y de «Tiempo final». Con esta última me pasó algo curioso, porque los Boresztein hacían capítulos de 28, a lo sumo 37 minutos, y yo, además de adaptarlos a la idiosincracia chilena, debí estirarlos hasta los 55 minutos.

P.: Ahora también adaptó el western y el viejo Vizcacha.

D.R.: Al viejo de la película le dicen Vizcacha, sí. Es un personaje argentino que llevamos en el ADN. En verdad, los antagonistas de la historia son Patricio Contreras, que hace de malo absoluto, y Sergio Hernández, el viejo, y ambos usan al protagonista, el español Fele Fernández, para sus juegos de enfrentamiento. El personaje del español es un director de cine que ha venido a inspirarse y lo confunden con otro. Creo que el personaje de Contreras comprende la confusión, pero debe mantener su autoridad, de modo que ordena castigar al pobre director. Todo a causa de una mujer, el personaje de Javiera, que será el detonante del drama final.

P.: Hablemos de influencias, o referencias.

D.R.: Sergio Leone, no lo puedo negar. También Sam Peckimpah, Tarantino y los hermanos Coen. No me iría más atrás, aunque hay una toma nocturna, cuando aparece la mujer, que creo haberla visto en una película de John Ford.

P.: ¿Y el modo de hablar?

D.R.: Los chilenos tienen más modismos que los argentinos. Cuidé que todas las palabras fueran comprensibles, pero sin caer en el español neutro, que no dice nada.

P.: Hay quienes dicen que, sin decir nada, su western contiene una metáfora política.

D.R.: No es cine político, en absoluto, pero obviamente tiene algo que ver con lo que uno vivió toda su vida. Cuando empecé el guión, hace años, el primer vehículo que me imaginé era un Falcon verde.

Paraná Sendrós

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