Discursos de García Márquez, el escritor que detesta dar discursos

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Gabriel García Márquez «Yo no vengo a decir un discurso» (Bs.As., Sudamericana, 2010, 155 págs.)

Resulta sorprendente que García Márquez haya dado sólo 22 discursos en lo que va de su vida. Algunos que duraron menos que la presentación o los aplausos finales. Cuando a los 17 años le impusieron en el Liceo Nacional de Varones de Zipaquirá donde estaba becado, decir palabras de despedida a quienes se gradúan, afirma: «yo no vengo a decir un discurso». Lo que pareciera una mera apoyatura previa para hacer un canto a la amistad, resulta, leído 66 años después, la intuición de un proyecto de vida. García Márquez no viene al mundo «para dar discursos» sino para crear mundos, para contar extraordinarios cuentos. Sabe, acaso ya, que lo suyo no son las conferencias, como en Borges, Vargas Llosa o Carlos Fuentes. Tampoco son las teorías, las especulaciones, ni el apenas redactar oralmente lo visto o conocido. Aun cuando practica «el mejor oficio del mundo», el periodismo, sus crónicas son las de un novelista. Así como en aquel discurso juvenil, de pomposa retórica escolar, hablando a esos nuevos bachilleres «jueces de conciencia» del porvenir, «miembros de la academia del deber, y ciudadanos de la inteligencia», lo termina en un chiste: «honorable auditorio, ha terminado el proceso»; más adelante, cuando deba homenajear a alguien (por ejemplo a Alvaro Mutis) termina convirtiendo sus palabras en una divertida charla plena de ironías y codazos cómplices. Y al tener que explicar «Cómo comencé a escribir», parte de confesiones íntimas, de su hipocondría, de su aerofobia, para terminar contando, como un excelso narrador oral, un cuento que tiene que escribir, y que más tarde se convertiría en el guión de la película «Presagio», que dirigió Luis Alcoriza.

En aquella primera disertación que le impusieron a los 17 años ya aparecen muchos de los temas de los 21 discursos siguientes. Está el tema de la amistad, que recorre la mayoría de sus alocuciones, y se despliega a pleno tanto en «Mi amigo Mutis», en el dedicado «En honor de Belisario Betancur», como cuando recuerda a Cortázar en «El argentino que se hizo querer por todos». Están en ese texto inaugural los temas del oficio de escribir, el arte de la ficción, la necesidad de llegar a muchos con la obra, el lenguaje y los problemas de la lengua con visión de futuro. Y hasta, de algún modo, la provocación de la diatriba «Botella al mar para el Dios de las palabras» que declama en 1997, en el Congreso Internacional de la Lengua Española, de Zacatecas, abogando por la jubilación de la ortografía para estar a la altura de «la inmensa Babel actual» y reclama que «simplifiquemos la gramática antes de que la gramática termine por simplificarnos a nosotros».

Si entre sus metas adolescentes ya estaba el periodismo, lo pregonará como género literario y luchará, en los foros que se le presenten, contra su deshumanización, contra la entrega a intereses espurios y el dejarse arrastrar en los seductores laberintos de las novedades tecnológicas. Los entusiasmos juveniles que lo llevaban a proyectar metas generacionales, «el deseo de ser orgullos de la patria», no los deja por el camino, estarán presentes, con un nuevo fervor patriótico cuando hable, entre otros casos, como Premio Nobel en Estocolmo sobre «La soledad de América Latina», al recibir la Orden del Aguila Azteca sobre «Otra patria distinta», o en la Cumbre Iberoamericana de Guadalajara de «Una Alianza Ecológica de América Latina». Este compendio de las ponencias orales de uno de los mayores escritores de habla española, que ha sentido desde siempre que el discurso -cosa de políticos- «es el más terrorífico de los compromisos humanos», pone en juego en los textos aquí reunidos sus compromisos, su inteligencia y su sensibilidad. Y, como lo sostiene su editor Cristobal Pera, «en ellos no sólo se encuentran los temas centrales de su literatura, sino también rastros que ayudan a comprender más profundamente su vida».

M.S.

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