14 de octubre 2010 - 00:00

Documental emociona sin bajadas de línea

«Padres de la Plaza» es y no es un film político. Lo es por la ubicación de las víctimas en ese tremendo drama nacional, pero lo que más pesa es el cariño paterno con el que esos hombres cuentan sus historias.
«Padres de la Plaza» es y no es un film político. Lo es por la ubicación de las víctimas en ese tremendo drama nacional, pero lo que más pesa es el cariño paterno con el que esos hombres cuentan sus historias.
«Padres de la Plaza: diez recorridos posibles» (Argentina, 2009, habl. en español). Dir.: J. Daglio. Guión: J. Daglio, J. Vitale, M. Cerdá. Documental.

Es una ironía involuntaria que este documental se estrene cerca del Día de la Madre. Porque es una reivindicación de los Padres. Un modo de cambiar la frase habitual y decir que detrás de toda gran mujer hay un gran hombre. Varios son maridos de madres de Plaza de Mayo. Recién ahora abren la boca y descubren su presencia, pero siempre estuvieron. La película contesta entonces la pregunta que muchos se han hecho sobre ellos, ya que hay agrupaciones de madres, abuelas e hijos, pero ellos se quedaron institucionalmente al margen.

Suenan muy lógicas sus razones. Incluso suena lógico cuando alguien menciona que los hombres también tenían discusiones de fútbol en medio de aquellas reuniones donde se fueron conociendo, en los años de plomo. Eran hombres y la película los muestra como tales, con su entereza, sus silencios, sus límites, y sus quiebres. Se han elegido diez, que representan muchos más, de diversas opiniones, incluso dos de ellos fueron militares, uno obrero, otro poeta, el doctor Rafael Beláustegui. Y cada uno eligió el lugar desde el cual hablar, a veces el lugar más cercano al recuerdo que tienen de su hijo, o sus hijos: la mesa familiar, la escuela, el café de barrio, el club, en un caso el velero de fin de semana. También hay quien camina por el sitio donde vieron a su chico por última vez. No todos se animan. Varios ya son ancianos. Uno tiene la pena más antigua: le mataron al hijo en pleno gobierno de Isabelita, lo reconoció en la morgue, pero cuando fue a retirar el cuerpo se lo habían llevado, por alguna orden superior quizá temerosa de posibles fotos que evidencien la tortura. Otro, la más terrible: sus tres hijos desaparecieron, y encima el propio Massera le dio palabras tranquilizadoras al tiempo que lo miraba con desprecio. Cada uno cuenta lo suyo, sus recuerdos se entrelazan con los de otros, y todos terminan confluyendo en la plaza semivacía, en la hora más suave de la tarde. Ya demasiado duro es lo que han soportado tantos años. Significativamente, éste es y no es un documental político. Lo es por las historias que se cuentan, por la ubicación de las víctimas de ese tremendo drama nacional. Pero el relato no se pone historicista ni baja línea. Al contrario, lo que más pesa, lo que más se siente, es el cariño paterno con que esos hombres cuentan las historias, es el vacío que se nota en los hogares, y son las cicatrices del dolor en los rostros, alguno más curtido que otro, y las piernas ya flojas de tanto haber andado. Ya se sabe que si uno pierde a la mujer le dicen viudo, y el que pierde al padre pasa a ser huérfano, pero al que pierde un hijo, no hay palabra en toda nuestra lengua para llamarlo. La más cercana, quizá, sería amputado. De eso habla esta película, y del modo en que estos hombres, pese a todo, tratan de mantener la espalda erguida.

Autores, Joaquín Daglio, también director, Juan Vitale (ambos de Diseño de Imagen y Sonido de la UBA), Maximiliano Cerdá y Milena Vital (Comunicación de la UBA). Duele, pero también cura. Vale la pena.

P.S.

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