4 de noviembre 2015 - 00:00

Dos modelos agrícolas en pugna

 Desde la Segunda Guerra Mundial se comenzó a buscar el aumento de la productividad por hectárea, principalmente en cereales y oleaginosas, con el trigo, maíz y arroz como objetivos primarios. En Estados Unidos se da el nacimiento de la revolución verde basada en el monocultivo y la aplicación de grandes cantidades de agua, herbicidas y fertilizantes. Como salió publicado en el diario canadiense "The Globe and Mail" en 2008, algunos principios activos de estos herbicidas, como el DDT, fueron también transformados en armas como el agente naranja utilizado en la guerra de Vietnam. "Fue un potente químico que causó entre la población vietnamita unos 400.000 muertos y unos 500.000 nacimientos de niños con malformaciones, además de las bajas en el propio ejército estadounidense", se escribió.

Liderados por el ingeniero agrónomo Norman Borlaug, con partícipes activos y mecenas a fundaciones del tipo Rockefeller y Ford, este modelo fue penetrando en los países y regiones en vía de desarrollo como la India, Pakistán y Latinoamérica. Si bien la productividad creció año tras año, también lo hizo el negocio de obtener royalties donde compañías privadas hacían grandes inversiones en la obtención de semillas genéticamente modificadas. Según el contexto y el país, patentar la propiedad de las semillas está actualmente en pleno debate y hasta llegado a considerarse, como dice Shiva Vandana, "un acto de biopiratería". Este modelo de monocultivo se caracterizó por la obtención de grandes rindes, acompañados por paquetes tecnológicos que transforman al agricultor en un "minero" del suelo, en adición a ser precio tomador, y totalmente insumo-dependiente.

Como oposición absoluta a este modelo, nace en los años 70 en Australia el concepto de permacultura, simplificación de "agricultura permanente", donde Bill Mollison y David Holmgren supieron diseñar y reproducir ecosistemas en forma exitosa. En 1980 se dio el primer curso de permacultura en Tasmania. De éste participó, entre otros, Max Lindegger quien, en 1995, dio un curso de Diseño de Ecosistemas en Navarro, Buenos Aires. A partir de allí, la penetración en la Argentina fue creciente.

Los preceptos de la permacultura son tres:

Cuidar la tierra, donde se busca no sólo conservar el recurso suelo y agua, sino que incrementar su actividad biológica y sanidad.

Cuidado de las personas, siendo útil para quienes la trabajan y la comunidad en su conjunto.

Repartición justa de los excedentes, limitando el consumo a la capacidad real productiva, sin excederse de ella.

Estos son regidos por los 12 principios del diseño biosustentable de Holmgren, donde se prioriza la integración, biodiversidad, se usan y valoran los recursos renovables, se deja de generar residuos, aplica la autoregulación de los sistemas y busca su retroalimentación, entre otros ítems. El concepto libre de ideologías de la permacultura se abre tanto a los nuevos conocimientos y tecnologías como a los conocimientos "antiguos", milenarias, de todas las culturas y apoya su fusión creativa en innovadoras estrategias de diseño. En "la rosa de la permacultura" de holgrem se busca explicar gráficamente en qué se basa este modelo de producción con respeto, sostenibilidad y sustentabilidad de la tierra, y de todas las especies que pudieran habitarla. Fomentar la biodiversidad es el foco para lograr perdurar en el tiempo.

(*) Lic. en Economía y Administración Agraria - Consultor en Agronegocios

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