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Dos solitarios en un mudo viaje interior
Obra de relativa intención poética, hace entrar suavemente en sus climas y deja que el espectador haga las necesarias deducciones (hasta donde quiera o se anime).
Quienes apreciaron en su momento el primer film de Santiago Loza, «Extraño», sabrán gustar también de éste, cuyo cuerpo central describe momentos del viaje, no de uno, sino de dos taciturnos, cada cual con su misterio. Una muchacha joven que parece vivir de su cuerpo, o más bien respondiendo con ansia y amargura a las exigencias de su cuerpo, y un estudiante de medicina, frágil, que repele el contacto de los cuerpos, salvo, acaso, el de los bebés.
Ella expresa su desagrado apenas con un gesto, y se defiende de quién sabe qué cosas atacando con la mirada. Él, a veces hasta dormido, rompe en un llanto inexplicable. Una mujer lo cuida, y puede tocarlo. Pero no es su madre. Es la mujer contratada por los padres para cuidarlo. Ahora quizá tendrá que cuidarlo esa joven. Ella no sabe que también arriesga parecer su cómplice, o su excusa.
La historia cabe en pocas líneas, y está apenas sugerida, pero cierra bien, con un final que duele y alivia al mismo tiempo. Los diálogos caben en una página, e incluyen una verdad a medias: «No tengo ningún impulso, salvo la crueldad». Imágenes urbanas con gente solitaria aunque esté en circunstancial compañía, imágenes bucólicas con gente que lleva un torbellino dentro (y afuera en el monte cantan los pájaros, ajenos al dolor humano), imágenes de sexo, también, y de piedad, por suerte.
Eso es «La invención de la carne», un título que parece aludir a la gestación de los contactos físicos de diverso orden, y que se acompaña con el agua de diversas fuentes, a veces estancada, jabonosa, o incluso formando un cristal de aspirina (un coral, dice alguien), un agua de presencia inesperada, que parece alentar diversas interpretaciones. Obra singular, de relativa intención poética, hace entrar suavemente en sus climas, deja que el espectador haga las necesarias deducciones (hasta donde quiera o se anime), y tiene su mejor sostén en la entrega de Umbra Colombo y Diego Benedetto, y en la música de Christian Basso. Lo dicho, gustará a quienes apreciaron «Extraño». Para el resto del público, será un albur. Pero esta vez el dolor de los personajes logra llegarnos, y eso abre una puerta.


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