29 de enero 2009 - 00:00

Drama bien actuado, pero sin emoción

Kate Winslet y Leonardo DiCaprio cumplen buenas actuaciones en Sólo un sueño, melodrama distanciado del director de Belleza americana que puede impresionar pero nunca emociona.
Kate Winslet y Leonardo DiCaprio cumplen buenas actuaciones en "Sólo un sueño", melodrama "distanciado" del director de "Belleza americana" que puede impresionar pero nunca emociona.
«Sólo un sueño» es como un capítulo doble de «Amas de casa desesperadas», sólo que más cuidadosamente vestido, y más encarnizado con la institución matrimonial que con la trampa del «american way of life». En ese sentido, la de Sam Mendes («Belleza americana») es una película literal, que merece el título con el que la estrenan acá.

April y Frank Wheeler (Kate Winslet y Leonardo DiCaprio más compatibles que cuando filmaron «Titanic») tienen un fuerte enfrentamiento al principio de la película, despuès (o antes, o entre medio) de un flaskback que muestra cómo se conocieron y qué los enamoró. Enfrentamiento que ya explicita que él es una especie de Manolito emocional. Corren los años 50 y debe dejarse en claro el estado apenas embrionario de la llamada igualdad entre los sexos. En pocas palabras, el personaje de DiCaprio es el típico machista por herencia y formación, un hombre que siempre termina comprendiendo las consecuencias de sus acciones, e invariablemente se arrepiente de ellas, o más bien dicho, se siente culpable cuando ya no hay nada que hacer.

Ella, dicen todos, vive un poco en las nubes (quiso ser actriz y su fracaso en el primer intento motivó la primera discusiòn que vemos). Es, digamos, femeninamente inestable y soñadora, y, así concebida, es «lógico» que a ella se le ocurra que desprenderse de todo lo que tienen para irse a vivir a Paris con Frank y sus dos pequeños hijos es la manera de salvar su matrimonio y de paso combatir su profunda insatisfacción (ése es el sueño del título). Un embarazo no querido y un ascenso de él, la vuelven brutalmente a la realidad. El choque entre esos dos temperamentos y sus diferentes creencias acerca de las responsabilidades de la vida es lo que termina desatando una tragedia. Literalmente.

Alrededor de esta pareja, las demás también son un pozo de soledad. Y aunque es habitual que uno se junte con gente más o menos de la misma especie, no es tan común que todos los miembros de un grupo humano sufran (o vivan) crisis terminales al mismo tiempo. Puede pasar, claro.

Pero el cliché mayor de esta historia la encarna un loco. Propiamente uno que acaba de salir del manicomio donde le practicaron docenas de electroshocks. Será por eso, quiere decir Mendes (o la novela de Richard Yates en la que eligió basarse), que este personaje es el único que puede manifestarse, sin ningùn filtro, contra el conformismo, la hipocrecía, la cobardía y el miedo a la libertad. Vale decir, exactamente todo lo que encorseta a Frank. Es un cliché, pero al menos, su irrupción interrumpe un poco el prolijo discurso general, y la actuación de Michael Shannon ayuda mucho a esa ilusión.

Nadie puede decir que las diferencias, a cual más graves, que van separando a la pareja protagónica y la manera en que se generaliza el malentendido entre ambos no sean reconocibles. No es eso. Tampoco que los actores no estén bien. Ambos (todos) defienden sus personajes con mucha convicciòn. Los actúan bien. El problema es la imposibilidad de Mendes de simbolizar un poco, callarse algo, no ser tan... literal. En un crescendo antinatural, además, que hace que uno se diga más de una vez bueno, ¿pero es para tanto? Hasta que las cosas son para tanto y se termina la película, y el espectador descubre que se quedó emocionalmente afuera. Tal vez termine impresionado, pero difícilmente se emocione, algo que no debería pasar con un melodrama. O a lo mejor no era eso lo que quiso hacer Sam Mendes.

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