Drama con chispazos reconocibles

Edición Impresa

La historia de cómo un joven escritor de novelas exitosas e intrascendentes revisa la idea de los padres que tiene internalizada, a partir de la muerte de una madre «perfecta», es, de antemano, interesante. A medida que el director debutante Dennis Lee y sus entregados actores la van desarrollando, el interés nunca se desvanece del todo. En parte porque el guión «semiautobiográfico» del mismo Lee tiene chispazos de vida reconocibles para cualquiera, pero sobre todo por la entrega y la confianza de los actores en el joven realizador. De hecho, Julia Roberts, cuyo nombre contribuye a abrillantar el elenco aunque su personaje tenga un protagonismo virtual (es la mujer que muere, y aparece poco, pero está siempre presente en la mente y el corazón de toda su familia) es una de las productoras del film, bellamente fotografiado, a la sazón, por su marido, Danny Moder.
El protagonista real es Michael (Ryan Reynolds, por el momento, más conocido por haberse casado con Scarlett Johansson), quien vuelve a la casa familiar para una celebración y se topa con el accidente que lo deja huérfano de madre. Entonces recuerda. Por medio de flashbacks, bien puestos en general, van apareciendo sus recuerdos de infancia, dominados por un padre capaz de hacer cumplir sus estrictas reglas incluso con la tortura física (un Willem Dafoe un tantito sobreactuado) y una madre angelical, que no por eso deja de ser cómplice. El inconveniente que presenta el guión al respecto es que su autor no parece hacerse cargo de esa complicidad, lo cual es una lástima.
El resto de la familia está bien caracterizado. Principalmente la hermana menor de Roberts (Emily Watson por una vez en un papel «normal»), con la que el protagonista tiene el vínculo más íntimo. Y es en ese vínculo donde Lee deja ver un estilo más personal. Casi siempre sorprende a tía y sobrino en medio de una conversación, por lo tanto inconclusa y enigmática. Hay cosas que habrían pasado entre ellos que nunca se aclaran, por ejemplo, y hay también contradicciones, bien humanas, en el amor que se profesan. No por nada el hijo de ella es como un Michael niño reencarnado, en el que éste puede mirarse retrospectivamente como en un espejo y comprenderse y aceptar que sus padres son sólo gente.
El problema serio de «Luciérnagas en el jardín» es el desenlace. Si un hecho solo, por más desestructurante que pueda ser la muerte de alguien muy amado, como en este caso, pudiera resolver de un plumazo conflictos y traumas graves, no existiría el psicoanálisis. Por lo menos para la gente de clase media que conocemos y que quiere reflejar esta película.

Dejá tu comentario