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Drama sin emoción pero con cierto suspenso
Una por momentos desbordada Sigourney Weaver (en la foto junto a Kate Bosworth) protagoniza «La chica del parque», film que pese a sus defectos, tiene un enigma que sostiene el interés hasta el final.
Poco cabía esperar de una película estadounidense que lleva dos años sin estrenarse comercialmente en casi ningún sitio, incluyendo los Estados Unidos, y que sus distribuidores locales estrenan aquí a la disparada, como para sacársela de encima. Pero, si bien por momentos se parece más a una de esas producciones multigénero de algún canal de cable, «La chica del parque» se deja ver con interés, aunque más no sea para saber cómo termina.
Un pequeño prólogo muestra cómo a una luminosa Sigourney Weaver -quien todavía busca la película adecuada que la distinga definitivamente de la teniente Ripley de Alien- le desaparece la pequeña hija prácticamente frente a sus ojos. Dieciséis años después, su personaje es otro. Evidentemente nunca pudo recuperarse de aquella pérdida que le produjo muchas más. Ahora está divorciada, vive completamente aislada y autosometida a una serie de rutinas obsesivas. Mientras trata de interesarse por el casamiento del hijo que le queda (ese tic de que en las películas los asuntos familiares se diriman antes o durante una boda...), un día se cruza con una chica en problemas y, un tanto forzadamente, no sólo le presta plata sino que termina alojándola en su casa y poco a poco la va transformando en la hija que perdió. La convivencia no es fácil, pero la mujer vuelve a la vida en todo sentido, bastante forzadamente también. Y en esto tiene su peso la sobreactuación de Weaver, sobre todo cuando su personaje bordea el desequilibrio total. Hay que decir al respecto que muchas veces el guión no la ayuda (el paranoico episodio que provoca en una plaza es un claro ejemplo de eso).
Lo que pasa es que el guionista y director debutante David Auburn hace lo que muchos debutantes: querer abarcar más de la cuenta. Así y todo consigue crear cierto suspenso, manipulando con habilidad los datos del pasado de la huésped, como para que no sólo la protagonista imagine que encontró a su hija.
El resto es relleno. Lo curioso es que en ese relleno están las situaciones más logradas y los actores más creíbles, en especial, Alessandro Nivola (el hijo) y Elias Koteas, como siempre capaz de ganarle al hueso aparentemente más duro. Por último, dos curiosidades más: que aun en su aspecto melodramático el film nunca conmueva y el final, mucho más realista de lo esperable.


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