9 de enero 2012 - 00:00

Duelo en mercados: efecto enero contra el lastre de Europa

José Siaba Serrate
José Siaba Serrate
El interrogante se repite. «¿Qué traccionará con más fuerza? ¿el efecto calendario o el lastre de Europa?» En noviembre no hubo rally de Acción de Gracias. Pero Santa Claus impulsó el tradicional avance de Navidad. Claro que contó con la ayuda previa del BCE y su generosa financiación a la banca del Viejo Continente. El «efecto enero» tampoco se hizo esperar. Irrumpió el primer día hábil del nuevo año con una sorpresiva suba del 3% en el Dax de Alemania. Lunes y martes fueron una tromba hasta que Europa levantó de prisa un renovado muro de lamentos. Y así, otra vez, las dudas mandan.

Desde los pisos de octubre, Wall Street se las arregló para trepar el 19%. Pero la puja continúa. Las desventuras europeas hacen metástasis con velocidad sorprendente. Compárese con China. Allá no se sabe siquiera si hay crisis o no. El Gobierno nunca admitiría una urgencia. En Europa, quién mejor que los gobiernos para revolver las aguas. Los nuevos que recién asumen, como Mariano Rajoy en España, porque necesitan blanquear el inventario de herencia. Y así sabemos que el déficit fiscal no está en la vecindad del 6,5% del PBI como se creía con Zapatero, sino en un 8,2% que nadie tenía en cuenta pero que le servirá al PP para mejorar los resultados en su primer tramo de gestión. Los gobiernos que ya están instalados también alientan el pavor. En Grecia, presuntamente, opera un ultimátum: o se concreta la negociación con los acreedores privados de la deuda pública y estos aceptan refinanciar con quita, o Grecia deberá abandonar la zona del euro. En la cuna de la tragedia, la agonía está garantizada: restan tres meses hasta conocer el desenlace. ¿Un disparate? Qué duda cabe. Pero Europa ha cometido muchos, demasiados, como para desconfiar de que no querrá pegarse el tiro del final. Si la reestructuración voluntaria no prospera, y si Europa no desea seguir pagando las cuentas griegas, lo lógico es que proceda el default liso y llano. La pertenencia al euro no debería involucrarse. A menos que Grecia quiera dar el portazo. Pero no sería Europa la que la expulse (lo que los tratados no permiten, pero la realidad sí). ¿Qué ganaría Atenas? La promesa de un respiro después del diluvio. ¿Y Europa? El diluvio. ¿Cuál sería la mejor solución? Imponer la quita «voluntaria». Y si no hay músculo suficiente, pasar el tema a segundo plano (en línea con lo que ya se aceptó: que, en estas circunstancias, empujar el «bail in» fue un error, y no se aplicará a nadie más que Grecia). ¿Qué terminará ocurriendo? A último minuto, lo más sensato. Pero no antes. Y la erosión dejará huella. Menear este asunto, el año pasado, fue lo que atrapó a Italia en la vorágine. Pero que termine en vía muerta ya no librará a la península de la trampa.

Europa sufre por todos los problemas, los reales y los que crea la fiebre. Se sabe que la falta de capitalización de sus bancos es un trastorno en serio (que EE.UU. y Gran Bretaña han sufrido y resuelto). Mejor gastar las energías allí que lanzando burdos ultimátums que no puede ejecutar. Las cumbres de octubre, por su parte, sancionaron la necesidad de avanzar en el terreno. ¿Y qué se ha hecho desde entonces? Recién la semana pasada, el grupo italiano Unicredit rompió el fuego con una colocación de derechos. Y chocó con el hielo cortante de los inversores: el papel declinó el 38%. ¿Le seguirán los pasos otros bancos? ¿O sus accionistas preferirán hacerse de capital achicando el negocio? Se comentó cuando se supo la iniciativa del BCE de ofrecer pases a tres años: la operación debía completarse inyectando capital de prepo a los bancos. Para eso está el fondo de rescate. El sistema financiero hoy está líquido, irrigado por 863 mil millones de euros de asistencia del BCE. Esos pasivos tienen una contrapartida de igual tenor - 849 mil millones- en depósitos de corto plazo constituidos por el propio sistema en el BCE. ¿Es eso capacidad prestable? ¿Podría volcarse por entero a la compra de deuda pública? No. Porque el sistema carece de suficiente capital (lo que discrimina en contra de la deuda pública de más largo plazo). No se entiende por qué a Europa, tan quisquillosa con temas menores, no la urge atacar esa limitación.

Pese a todo, pese a las amenazas que Europa fabrica como si fueran bombas racimo, el avance estacional de las Bolsas se mantiene. Nobleza obliga, no hubiera sido posible sin la contribución del BCE; sin aplacar el fantasma de la refinanciación de los vencimientos de la banca. Y, por supuesto, no habría rally si EE.UU. no aportase una larga sucesión de novedades económicas favorables. Diciembre creó 200 mil puestos de trabajo (la segunda cifra más alta de los últimos ocho meses). Hay atisbos de recuperación en áreas impensadas como la construcción de vivienda (y la suba de las acciones del sector es de las más vigorosas). No obstante, nada protege más que la fuerte corrección bajista de las expectativas. Si 2012 arrancó firme fue a caballo de indicadores industriales, en todo el mundo, no muy robustos pero sí mejores que lo estimado. Y si el rally va a atravesar con éxito la temporada de balances (hoy comienza con Alcoa) será por la misma razón. El último trimestre no ha sido fácil para las compañías. Y éstas ya anticiparon las malas nuevas. Los analistas tomaron nota. Si a fines de septiembre se pensaba que las ganancias por acción del SP500 iban a crecer el 14% interanual, ahora se vaticina un magro 6,2%. Es la primera vez desde que las Bolsas retomaron la senda alcista post Lehman que se espera que las utilidades crezcan un único dígito (y que haya caídas en telecomunicaciones, materiales y servicios públicos). Será un buen examen. Y aquí la estacionalidad propicia puede ser la divisoria de aguas. Lo malo que se tolera en enero, resulta inaceptable en julio. Vale también para la pulseada con la crisis europea. Estos son los meses más favorables para los activos de riesgo. Y podrán sacar ventaja. Pero en la medida que Europa no cese de sembrar trampas al voleo es difícil pensar que, tarde o temprano, no se meterá el pie en una de ellas.

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