9 de enero 2009 - 00:00

Editores no muy independientes

La eliminación por parte del Gobierno de la Ciudad de los subsidios al sector editorial (que en algunos casos llegaban a 70%) motivó la protesta de varios editores, nucleados algunos de ellos en Edinar (Editores Independientes de la Argentina por la Diversidad Bibliográfica). A continuación, la opinión de una destacada editora de nuestro medio, que no coincide con estas quejas:

Se quejan los editores «independientes» de que les corten los subsidios del gobierno de la ciudad.
Creo que hay que terminar con este absurdo. ¿Qué clase de independencia tienen unos editores que para editar necesitan subsidios? No hay independencia fuera de la independencia económica. Esto se aplica a las personas, a los proyectos y a los países. Decir que un editor subsidiado es un editor independiente es lo mismo que decir que un desocupado que recibe seguro de desempleo es independiente. Hay que terminar con el eufemismo del editor independiente. Lo que se quiere decir con editor independiente es un editor pequeño, pobre a veces, a veces rico, pero que no quiere controles ni complicaciones comerciales o financieras, pero que le encantan - como a cualquier lector - los libros, adora leer, vivir entre autores, viajar con dinero público a las ferias del libro del exterior y conocer a otros colegas iguales y, por sobre todas las cosas, darse el gusto de ver su sello impreso en la tapa de un libro.
¿Por qué los contribuyentes -entre quienes están los sectores más pobres que pagan el IVA por los alimentos que consumen- deben pagarle a estos editores para que se den el gusto de publicar textos que no son comerciales, es decir que a nadie le interesan? ¿Qué criterio autoriza a decir que son de alguna manera necesarios? ¿Por qué debe regalársele a estos editores subsidiados, que presumen de ser más inteligentes, sofisticados y de buen gusto que los editores comerciales que no tienen ningún subsidio, para que vivan de una actividad que para el resto de la industria es de un riesgo permanente?
El estado tiene la obligación de promover las artes y la cultura, pero no mediante esta odiosa privatización que son estos regalos a algunos elegidos. Debe hacerse - como en todo sistema serio y transparente - por la vía de créditos o el otorgamiento de premios. Pero subsidiar al 70% la viabilidad de proyectos culturales como norma, que genera una cantidad de gente que luego se siente con el derecho adquirido, es un error y es injusto para quienes, dentro de la industria, que nos desangramos en una actividad de poca ganancia y mucho riesgo. Pero sobre todo es injusto para la gente que paga los impuestos que financian la fiesta: ¿cómo se defiende que el presupuesto de la ciudad se gaste en darles de comer a gente completamente funcional y educada, sólo para que viva de lo que le gusta sin esfuerzo ni preocupación alguna, mientras faltan elementos básicos en los hospitales y los colegios se caen a pedazos?
Lo que necesita seguramente el sector son créditos para capital de trabajo, ya que los editores tienen una crónica brecha financiera entre los pagos a las imprentas y el tiempo y la forma de cobrar por las ventas. También son necesarios apoyos selectivos a proyectos que se inician con aspiración de excelencia, tras el examen riguroso de los planes de negocios que aseguren el retorno de la inversión pública y privada. No con la aceptación de una lista de títulos imaginada con la fantasía de quien está eximido de correr riesgos, porque ha logrado llegar a la ventanilla de los subsidios, tan fácilmente convertidas en manantiales de corrupción.
Es absurdo es que unos editores que se autodenominan independientes, cuando son completamente dependientes, se enojen porque se les saca este derecho adquirido para que se sigan dando el gusto de ser editores, algo que los que lo somos, sabemos que es de lo más entretenido, placentero y prestigioso. Cuando a uno le preguntan qué hace en la vida y uno dice «yo hago libros», el interlocutor generalmente queda pasmado, asombrado, mudo de admiración. Uno si quiere continúa y le cuenta la verdad, lo que se sufre, cómo se vive al borde del abismo, cómo a un best seller le siguen cuatro «clavos» cuya tirada queda en los depósitos acumulando polvo hasta que un día, años después, el contador nos convence de que ganaremos si los destruimos.. ¿O no?
Alguien tiene que decir las cosas como son. Estos editores «soi disant» independientes, son en realidad los niños mimados de un padre rico que les paga para que se den los gustos. Pero resulta que este padre no es tan rico, hay muchos hermanos que van a reclamar también, y que lo mejor que se puede hacer con esos hijos es ayudarlos a arrancar, exigiéndoles que luego se valgan por sí mismos.
Yo llamaría a estos, los «editores mimados». A los que por obra y gracia de algunas ideas políticas mal entendidas se sienten con el derecho de los mantengan, mientras se dedican al placer de editar sin tener que vender.
Que esto suceda en el mundo privado, donde hay proyectos claramente no comerciales, donde hay un mecenas que ha decidido por el motivo que sea (los mecenas tenían importantes motivos), financiar ediciones, colecciones y proyectos culturales diversos a su cuenta y riesgo es totalmente lícito y justo, y admirable. Pero nuestro estado, el que pagamos todos, no puede ser mecenas a costa del interés público, cuya preservación le confía la sociedad al Estado, y a quienes ejercen su gobierno circunstancial.

(*) Cofundadora y Directora de Vergara & Riba Editoras

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