Educando a Grecia: lo que la Argentina no puede enseñar

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Las crisis macroeconómicas son un verdadero entuerto para las sociedades democráticas y abiertas. No sólo por las consecuencias del ajuste en el nivel de vida y el bienestar que inexorablemente conllevan, sino porque involucran decisiones difíciles sobre cómo se reparte la carga de los ajustes. Algo que hace particularmente traumáticos a estos procesos es que gran parte de la sociedad no entiende bien lo que pasa, es decir, las causas de semejante desorden. Y aún la parte informada de la sociedad, incluyendo a los intermediarios políticos más inteligentes, tiene que lidiar con una descarga de informaciones y opiniones diversas que tienden a sesgarse hacia la búsqueda de culpables.

Desde John Maynard Keynes para aquí, la gran contribución social de los macroeconomistas académicos ha sido justamente ayudar a los políticos y a la sociedad a entender estos procesos, en particular cuando provienen de shocks internacionales -incluyendo el rol de los movimientos de capital- o de inconsistencias domésticas en el funcionamiento de la economía y la política económica. Esto no quiere decir que la sociedad y la clase política atiendan estas explicaciones. Es más fácil, y políticamente conveniente, encontrar culpables de carne y hueso, sean personas u organismos financieros internacionales.

Moda

Este comentario viene a propósito de la moda que se ha instalado de querer darle cátedra a Grecia y al mundo sobre la crisis macroeconómica que sobreviene después de una convertibilidad fallida. El problema no es que la Argentina no tenga nada que enseñar. En realidad, hay algunos puntos de conexión que pasan por las condiciones para la estabilidad luego de adoptar un régimen cambiario duro. El problema es que no puede enseñar quien en primer lugar nunca terminó de entender bien lo que le pasó. No me refiero a los macroeconomistas argentinos del país y del exterior que, con todos los disensos posibles e imaginables entre ellos, son un lote de sabiduría que ha logrado avanzar bastante en las explicaciones alternativas de la crisis de los 90. Me refiero a la historia oficial actualmente dominante en la Argentina, que sistemáticamente confunde la disciplina fiscal con el ajuste, y omite, a conveniencia de argumentos falaces para justificar políticas poco sensatas, toda la historia de desajustes que usualmente preceden a las crisis macroeconómicas.

Una lectura cuidadosa de los números de Grecia muestra que esta historia de desajustes fiscales se inició mucho antes de la crisis mundial de 2008 y a partir del ingreso a la eurozona. Una explicación, benevolente hacia Grecia, de lo sucedido es que este ingreso a la eurozona generó un boom de gasto privado y público que llevó a la aparición de déficits gemelos que fueron financiados con un ingreso de capitales insostenible. La sustitución del dracma por el euro generó una sensación de solvencia a largo plazo que hizo colapsar el riego-país -que antes actuaba como una barrera de defensa o anticuerpos al financiamiento insostenible- y fijó la tasa de interés a la que Grecia podía endeudarse a niveles muy bajos. Y los mercados de capitales, con su miopía y cortoplacismo -o alentados por narraciones increíbles de que una reforma monetaria provoca per se estabilidad institucional y crecimiento- estuvieron deseosos de financiar un proceso de fantasía. Grecia creció a una tasa alta para los estándares previos, pero también lo hicieron los precios domésticos. El gasto público primario se expandió a una tasa nominal de casi un 10% y cercana a la del PBI nominal. Pero, justamente, esto que parece inocuo no lo es para una economía sin moneda propia. Un gasto público que crece vertiginosamente en términos de la moneda de referencia, sea el dólar en la Argentina de los 90 o el euro en la Grecia de los 2000, va camino a tener una cita con una crisis fiscal, a menos que la productividad y la competitividad del país este subiendo fuertemente. Por el contrario, y en línea con la apreciación cambiaria, la competitividad de Grecia se fue hundiendo en el Egeo, con todos los informes periódicos de la OCDE poniendo al país último en la tabla de indicadores de funcionamiento de los mercados de bienes y de trabajo y mostrando pérdida de posicionamiento en mercados externos frente a los rivales tradicionales.

Cuando un país, como la Argentina de la primera mitad de los 90 y la Grecia de la primera mitad de los 2000, tiene un desempeño fiscal tan inconsistente con un régimen cambiario duro, las opiniones de los macroeconomistas se divide en el momento de asignar roles centrales a, por una lado, la política fiscal; y por el otro, a la política cambiaria. Para los primeros, lo decisivo es la ausencia de una política fiscal compensatoria -en particular, al comienzo del boom que sucede a la reforma monetaria- que evite que el gasto público suba a niveles insostenibles a largo plazo o frente a shocks. La apreciación cambiaria es un resultado del gasto público elevado. Para los segundos, el boom de gasto público se explica -al igual que el gasto agregado y el boom inmobiliario- por la apreciación cambiaria que genera una entrada de capitales muy grande. El gasto público alto es la contracara de la apreciación cambiaria porque la compensación fiscal requerida es impracticable en magnitud y posibilidades políticas. ¿Cómo explicarle a la sociedad griega que el ingreso al euro significaba austeridad mayúscula en el gasto cuando la venta política del esquema prometía una convergencia vertiginosa a los estándares de vida de los países líderes?

Cualesquiera sean las explicaciones del proceso macroeconómico que desemboca en la crisis griega, lo cierto es que la magnitud de los desequilibrios fiscales y de cuenta corriente de la balanza de pagos plantean opciones de difícil implementación. Aun con un paquete de ayuda financiera gigantesco, el país no puede evitar el hecho de que el ajuste del gasto agregado ya ha empezado. Y este ajuste no va a ser necesariamente menor ni menos indoloro para la sociedad si los acontecimientos condujeran inevitablemente al default -para involucrar a los tenedores de bonos en el ajuste- y a la devaluación -para corregir el problema de competitividad-. A diferencia de la Argentina, para quien la salida de la convertibilidad al dólar fue una decisión unilateral, la salida aunque sea temporaria de Grecia de la zona del euro tiene efectos y consecuencias multilaterales inimaginables. El ajuste ya ha empezado y lo que vamos a ver ahora es si Grecia logra minimizar los costos de éste. Pero en esto, la triste verdad es que la Argentina de la transición de 2001 a 2002 no tiene nada que enseñar. Porque lo nuestro fue un singular proceso de maximización de los costos de una crisis. Esperemos que Grecia lo haga mejor, porque peor no creo que vaya a ser posible.

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