29 de enero 2010 - 00:00

EE.UU.: tras fracaso, ahora el Obanomics II

José Siaba Serrate
José Siaba Serrate
El 2010 es, ante todo, un año electoral. Y, así como van las cosas, el Gobierno -después de perder la supermayoría de 60 votos en el Senado- va camino a resignar el control de la Cámara de Diputados en los comicios de medio término en noviembre. El golpe de timón del presidente Barack Obama, anunciado aquí tras la derrota en Massachussets, no se hizo esperar. Demorarse hubiera incitado una abierta rebelión en las filas del Partido Demócrata. Y el viraje de estrategia se ajustó como un calco al guión previsto.

El discurso sobre «El estado de la Unión» expuso en perspectiva la nueva plataforma de acción. La creación de empleos es el «leitmotiv» de la etapa que comienza, el núcleo de la Obanomics II. Rescatar a los bancos -la principal faena en los primeros meses de gobierno hasta que Tim Geithner ensayó dos trucos geniales que propulsaron las expectativas (los exámenes de estrés y el programa PPIP para la recompra de activos tóxicos)- fue una tarea iniciada por la administración Bush, Obama dixit, detestable, pero que había que realizar para evitar males mayores. La Obanomics II, como se ve, es una secuela cargada de mayor rencor. Dispuesta, a diferencia de la versión original, a menear las herencias y señalar a los culpables (con los ocho años de Gobierno republicano de Bush y la irresponsabilidad de la banca, a la cabeza).

Rechazo

En el afán de liderar a la opinión pública, el primer Obama destruyó un enorme capital político en apenas un año de mandato. De enero a enero, la aprobación de su labor cayó del 65% a menos del 49%. El rechazo, que partió de niveles cercanos al 20%, orilla la mitad del electorado. Hay encuestas -como la última de Rasmussen- que arrojan hasta un 54% de desaprobación. El republicano John Mc Cain, su rival en la carrera presidencial, gustaba atacar a Obama tildándolo de «socialista» pero, en rigor, Obama se muestra, una vez más, como un político tremendamente pragmático, de cálido discurso, pero voluble según la necesidad, y con una cabeza muy fría para la toma de decisiones. Véase, si no, el enroque de prioridades: de buenas a primeras, la reforma financiera es el nuevo ariete de campaña. La reforma de la Salud se mancó en Massachussets y Obama no tuvo empacho en abandonarla. No la sacrificará, es cierto, pero allí también reluce su sentido de la oportunidad. Su objetivo para noviembre es que un puñado de iniciativas -que conserven el rótulo de reforma sanitaria aunque sólo sea una versión pasteurizada- logre la bendición del Congreso. O sea, procurarse una victoria nominal para mostrar en las urnas.

Agitar la reforma financiera es el antídoto para conjurar el fracaso del plan de campaña original. La Obanomics II ya no busca liderar a la opinión pública sino un objetivo más modesto: mimetizarse con ella, abrevar en las fuentes del descontento popular y lograr una reconexión a tiempo para dar batalla en noviembre. Los planes de empleo y los cambios de la regulación financiera -anunciados por altavoces- deberían llenar el vacío actual aunque todo el mundo sospecha que no habrá retórica que valga: hasta que la economía no genere puestos de trabajo en cantidad todo lo que se diga importará poco, como ocurriera en la contienda entre Bill Clinton y George Bush padre. Será, pues, un festival de acusaciones mutuas sin la chance siquiera de que, por las culpas compartidas, tercie, como entonces, un émulo de Ross Perot.

Credenciales

Después de haber cajoneado un año entero las propuestas de Paul Volcker, Obama decidió que de todas las reformas financieras posibles -incluyendo las que ya están en proceso de elaboración (como la piloteada por Barney Frank, que cuenta con sanción de la Cámara de Diputados)- ninguna más fotogénica que la del veterano timonel de la Fed de los años 80. Sus credenciales intachables, su extremo celo profesional (de Volcker) adornaron los anuncios. Ya se dijo, sin embargo, que la iniciativa de Volcker no hubiera evitado la crisis financiera ni tampoco atajará una recaída si se produce en un plazo corto. Hoy el flanco vulnerable es otro: cuando el Gobierno autoriza a los bancos a repagar anticipadamente la asistencia del plan TARP, comete un error potencialmente grave, ya que libera la distribución de dividendos y bonus extraordinarios en desmedro de la acumulación de ganancias retenidas. Si los bancos sufren nuevas complicaciones, esos recursos no estarán disponibles para absorber los quebrantos. Eventualmente, si las dificultades escalan en magnitud, el Gobierno podría verse obligado a acudir otra vez en auxilio del sistema. No importa, para nada, qué versión de reforma financiera finalmente haya adoptado.

La confirmación de Ben Bernanke a un segundo mandato en la Fed, si se revisan los planes pretéritos de Obama, es la única pieza que sobrevivió a los rigores del tiempo. Es quizá también la ficha más importante. Desplazar a Bernanke hubiera abierto otra caja de Pandora y generado un seguro remolino de vientos populistas, de consecuencias imprevisibles. Pero, con todo, el esmeril del proceso no será gratis ni, en lo atinente a la Fed, puede darse por culminado: todavía pende la espada de Damocles de una eventual auditoría legislativa sobre las decisiones de política monetaria. Y, a medida que se acerque la eventualidad de un retoque alcista, hoy lejana, el embate por una mayor influencia política cobrará fuerzas.

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