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El antihéroe Bublé cautiva al Luna Park
Prolijo y profesional como cantante, Michael Bublé es, por sobre todo, un entretenedor con gran manejo del show que seduce a multitudes de mujeres desde una postura de antihéroe.
Michael Bublé tiene tres domicilios: el de Los Angeles que es su cabecera de puerto, su Vancouver natal, y el del Tigre, una casa que habitualmente ocupa su mujer. Es que desde que se casó- con la actriz y modelo argentina Luisana Lopilato, el cantante canadiense adoptó a la Argentina como una de sus patrias. «Aquí mi nombre es Michel Lopilato», bromeó el sábado con su esposa, suegros, cuñado y demás parientes en la fila seis. Y el público argentino le responde: una multitud -serán finalmente tres Luna Parks después de sus presentaciones en Rosario y Córdoba- lo ovaciona y lo trata como a un coterráneo.
Bublé no es de esos hombres que pasarían por «sex-symbols». Sin embargo, miles de mujeres -que parecen ser quienes mayoritariamente arrastran a sus novios y maridos- se visten para la ocasión, apelan a sus minifaldas y sus tacos altísimos y lo miman con sus gritos y sus deseos de tocarlo y fotografiarlo. En la noche del debut porteño, hubo una «afortunada» a la que el cantante convocó al escenario para compartir una versión a dos voces (muy digna de parte de la chica) de «Feeling Good».
En lo que hace al espectáculo, el canadiense es, por sobre todas las cosas, un gran entretenedor. Canta con prolijidad profesional una lista de canciones entre las que hay temas propios y otros de los repertorios de Frank Sinatra, Michael Jackson, The Beatles, Van Morrison, The Drifters o los Eagles. Combina baladas con piezas más movidas. Y hasta se le anima a una versión en inglés de «Mack the Knife» («Die Moritat von Mackie Messer», en el original alemán) de la «Ópera de tres centavos» de Kurt Weill y Bertold Brecht. Para eso, cuenta con el talento suficiente como para armar una selección de canciones equilibrada -prácticamente la misma en todas partes más allá de su «argentinidad»-, con una voz que maneja con comodidad y con una banda numerosa que incluye una importante cuerda de maderas y metales, y tan eficiente como el resto que sostiene toda la estructura.
Pero lo que lo hace distinto, y quizá lo que ha permitido su explosivo crecimiento en los últimos años, es su manejo del show. Hace chistes, bromea sobre diferentes asuntos -aún sobre su condición sexual-, suma a sus músicos en el juego, bailotea como un chico algo torpe, recorre la platea y canta algunos temas desde una tarima central y termina seduciendo desde su postura de antihéroe. Y, en este caso, hasta supo sacar ventaja de sus dificultades con el castellano dirigiéndose al público en un «spanglish» que suma a la hora de relacionarlo íntimamente con la platea porteña.


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