3 de diciembre 2009 - 00:00

El apocalipsis, un gran espectáculo

Aunque algo naif al describir las bajezas humanas en situaciones desesperadas, «2012» entretiene a lo largo de sus dos horas cuarenta, gracias a asombrosos efectos y buenas actuaciones.
Aunque algo naif al describir las bajezas humanas en situaciones desesperadas, «2012» entretiene a lo largo de sus dos horas cuarenta, gracias a asombrosos efectos y buenas actuaciones.
«2012» (EE.UU.-Canadá, 2009, habl. en inglés). Dir.: R. Emmerich. Int.: J. Cusack, C. Ejiofor, A. Peet, O. Platt, T. Newton, D. Glover, W. Harrelson, G. Segal.

Como película sobre el fin del mundo, «2012» es un poco pacata a la hora de describir los aspectos más bajos del comportamiento humano ante la inminencia de un desastre global. Pero, es sumamente eficaz al plasmar las imágenes de este apocalipsis contado en dimensiones épicas que supera a otros films del género, incluyendo los esfuerzos previos de este director alemán especializado en destruirlo todo. Roland Emmerich ya había provocado grandes destrozos en «Día de la Independencia» y «El día después de mañana», pero en «2012» se supera a sí mismo al elaborar algunas de las escenas más asombrosas que se hayan visto dentro del cine catástrofe.

Prácticamente todo desastre natural ya visitado en la década de 1970 por Irwin Allen y otros expertos en el género se dan cita en este nuevo fin del mundo basado en las profecías mayas sobre una alineación solar prevista para el año que da título al film. Hay terremotos, explosiones, volcanes gigantes que arrojan aterradores meteoritos, continentes enteros que cambian de lugar y tsunamis con olas gigantescas que terminan por cubrir los Himalayas.

En el medio de semejante armagedón, Emmerich distrae al espectador con otras clases de desvíos argumentales, uno de orden político -algo ya visto en sus films mencionados-, y otro de orden absolutamente humano, que tiene que ver con el reencuentro de la familia del escritor y chofer de limusinas que interpreta John Cusack. Esta subtrama es la típica de los viejos films de Irwin Allen, que tienden a lograr que el público no se inmute si mueren millones de personas al mismo tiempo, pero que se alegra hasta la emoción si una tierna niña de siete años se salva de uno de los terribles siniestros a los que deben enfrentarse todos los personajes de esta historia.

El contexto político es un poco más original: advirtiendo el desastre que va a causar la alineación solar, los líderes del G8 preparan una manera de preservar lo que puedan de la raza humana, haciendo construir grandes arcas que esperarán la inundacion de los continentes en los terrenos más altos del Tibet. La construcción de dichas naves sólo es posible gracias a la intervención en el plan del gobierno chino, mientras que millonarios de todo el mundo (menos los argentinos, que no nos salvamos ni por casualidad) pagan mil millones de euros por cabeza para tener un lugar en estas arcas que, igual que la de Noé, también tienen lugar para dos animales de cada especie En los Estados Unidos hay un presidente negro, pero no es Obama a pesar de que por el 2012 debería seguir en su mandato. Y en Italia, el Primer Ministro es un beato que prefiere morir rezando en el Vaticano que salvarse en una de las arcas, tal vez intentando redimirse al final de tanto pecado carnal cometido durante su gobierno.

La película es larga, pero sus dos horas cuarenta minutos se sostienen perfectamente no sólo gracias a sus formidables efectos especiales, resueltos con técnica e imaginación poco común, pero también gracias a los muy buenos actores elegidos para llevar adelante los diálogos más triviales y livianos en medio de la hecatombe. En este sentido se puede destacar especialmente a Woody Harrelson como un periodista hippie que difunde la conspiración sobtre la catástrofe antes que los demás, sin lograr que casi nadie le crea.

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