27 de julio 2009 - 00:00

El arte local recupera el aire despreocupado de los 90

(arriba) «Madonna, protectora de la pintura», la barroca instalación de Diana Aisenberg en la que colaboraron con «ofrendas» de diversa índole más de un centenar de artistas. (abajo) Rafael González Moreno creó su particular versión de la cama de un artista, un tema recurrente en la historia del arte.
(arriba) «Madonna, protectora de la pintura», la barroca instalación de Diana Aisenberg en la que colaboraron con «ofrendas» de diversa índole más de un centenar de artistas. (abajo) Rafael González Moreno creó su particular versión de la cama de un artista, un tema recurrente en la historia del arte.
Varias muestras del escenario porteño coinciden en su espíritu juguetón, en un estilo que se asemeja al de una fiesta infantil colmada de cotillón, como no se veía desde la década del 90. Los artistas Diana Aisenberg, en Daniel Abate, y Rafael González Moreno, en Braga Menéndez, comparten un idéntico y lúdico afán. Con mayor y menor humor, aunque con diversos puntos de vista, ambos se sirven de los oropeles y las cursilerías, para alcanzar el barroquismo de dos instalaciones donde abordan un tema afín: la glorificación de la pintura y la del artista.

La «Madonna protectora de la pintura» de Aisenberg, una inmensa figura femenina que domina la sala, está rodeada por las ofrendas de más de un centenar de artistas que no han dejado ni un milímetro libre. El efecto del conjunto es abrumador y rebuscadamente cursi gracias al papel picado y los brillantes corazones color rosa, a las inmensas rosas rojas que como repollos acompañan a la Madonna, a las piedras preciosas que la rodean formando un halo y, a la sobrecarga de obras apiladas unas sobre otras, entre ellas, toda una pared decorada por Marcelo Pombo con pequeños moños de plata.

Resulta sin embargo interesante descubrir las maravillas que esconde el caos de la devoción. Para comenzar, casi oculto por unos estantes hay un estupendo paisaje de Juan Becú, adelante está la cabeza de cerámica de Alita, y en las paredes cuelgan la figura de una Santa de Fernanda Laguna, las radiantes geometrías de Mariela Scafati, la colorida pintura de Valeria Maculan, una pandereta de Daniel Joglar y los cubos realizados en los tempranos 90 por Pablo Siquier. Hay, además, una escultura estupenda de Sandro Pereira, un sillón pintado por el grupo Conchetinas, un inmenso cuadro de Juan José Cambre, unos elegantes rulos de Diego Bianchi que penden del techo, además de las obras de Catalina León, Daniel Giannone, Ernesto Ballesteros, Federico Lanzi, Feliciano Centurión, Fernando Fazzolari, Flavia Da Rin, Gloria César, Graciela Hasper, Hernán Marina, Iuso, Jane Brodie, Jorge Di Paola, Julia Converti, Leandro Tartaglia, Leo Chiachio, Leonel Luna, Lila Siegrist, Lux Lidner, Manuel Esnoz, Martín Legón, Mercedes Pujana, Mónica Girón, Nicanor Aráoz y Roberto Jacoby, entre otros.

La primera Madonna que pintó Aisenberg para proteger a los artistas data de 1985, y la obra ha ganado con los años una teatralidad que el teórico Roberto Amigo atribuye a que la artista ejecuta la pintura como una performance y a que, así, el acto de pintar deviene teatro, y el montaje instalación. Lo cierto es que desde entonces, la Madonna de los pelos rojos -como los de Aisenberg- y del bellísimo rostro, ha ganado devotos. La particular afinidad que existe entre la autora de la pintura, que es desde hace años una buena maestra y genuina «protectora» de las nuevas generaciones de artistas, no es ajena a este fenómeno.

La cama

González Moreno presenta una versión muy particular de la cama de un artista. En el centro de una sala iluminada con luz negra, y con hilos de colores que cuelgan como lánguidas guirnaldas del techo, en un espacio abarrotado de pequeños juguetes de plástico, hay una cama rodeada de sus obras de arte, entre ellas, una versión de «Los girasoles» de Van Gogh que parece modelada en goma de mascar y que lleva, como un gesto de humor, la firma de su autor: «Rafael». El material que utiliza González Moreno es el plástico de los juguetes, que una vez fundido a fuerza de soplete, adquiere la cualidad de una golosina.

Por alegre que parezca la instalación, el tema, recurrente en la historia del arte, arrastra su propia melancolía. Hace poco más de media centuria, Robert Rauschenberg rompió con el expresionismo abstracto con su «Cama», que es hoy una de las obras más célebres del Museo de Arte Moderno de Nueva York. Se trata de una cama de verdad, que representa la esencia de los sueños torturados de un artista, con las sábanas, la almohada y la manta manchadas con grandes pinceladas de pintura oleosa.

Más atrás en el tiempo, Van Gogh le describía a su hermano Theo el cuarto de Arlés que pensaba pintar: «Tengo una nueva idea en la cabeza y aquí está el boceto... esta vez se trata sencillamente de mi dormitorio; aquí sólo debe operar el color, y, dándole un mayor estilo a las cosas por su simplificación, ha de sugerir reposo o el sueño en general. En una palabra, al contemplarse el cuadro debe descansar el pensamiento, o mejor aún, la imaginación. Las paredes son violeta pálido. El suelo, de tablas rojas. La madera de la cama y las sillas son de amarillo de manteca fresca, las sábanas y la almohada de limón verdoso.»

A modo de respuesta ante los interrogantes que generan estas obras, Aisenberg, observa, enigmática: «Las comunidades necesitan del arte y de los artistas; los artistas necesitan hacer lo que hacen; el arte está ligado a ésta necesidad básica».

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