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El BCE alista el QE soberano
¿Se viene por fin el QE soberano? Está más cerca que nunca. La apuesta a los pases bancarios -los flamantes TLTROs- fracasó (aunque no se diga por piedad). Si los bancos comerciales no prestan, o cancelan la asistencia recibida en el pasado, no hay estímulo. Ello exige considerar la compra directa de activos por parte del BCE. Ahora bien, los programas existentes, dedicados a adquirir bonos cubiertos o fideicomisos titulizados, tropiezan con la limitación insalvable de una exigua oferta disponible. Y la meta es ampliar la hoja de balance en 700 mil millones de euros. Desde el anuncio de la política en septiembre -y tras las dos subastas de TLTROs- el aumento llega, a duras penas, a los 120 mil millones. La compra de bonos soberanos -un universo de tamaño formidable (y en permanente expansión)- sortearía el inconveniente con facilidad, pero es ahí donde talla la también formidable negativa de Berlín.
¿Qué piensan los mercados? Que el QE soberano es inevitable. Los precios de los bonos dan fe. Después de leer a Draghi, este viernes, el rendimiento del bund alemán a cinco años se hundió por primera vez por debajo de cero. Y qué mejor que las tribulaciones de Grecia para confirmar que no se trata del vuelo a la calidad. Las tasas de interés que pagan España, Italia o Portugal también se precipitaron. Corolario: Grecia no contagia; la idea del QE soberano, sí. La prima de riesgo española a diez años se sumergió a 98 puntos base, menos de un 1%, cuando a mediados de 2012 superó los 600. Está claro que Alemania rechaza toda propuesta de mutualizar los riesgos de crédito, que si no aceptó nunca los eurobonos tampoco querrá un instrumento similar -con camuflaje monetario- que se le cuele por la puerta trasera del BCE. Pero ahí están los récords de los bonos de la periferia para testimoniar, sino lo contrario, que ello no impedirá el milagro. Quizás en menor medida que lo necesario, con demora, y restricciones que afectarán su eficacia, pero en la dirección que Draghi, y los peligros del estancamiento, señalan con vehemencia.
Hay que entender un punto: la unanimidad es conveniente, pero no es necesaria. El BCE puede avanzar aún si los nórdicos se oponen (que lo diga Axel Weber). Al poner el mandato de la institución en entredicho, la realidad promueve las intenciones de Draghi. No fue un latino, sino el holandés Peter Praet quien subrayó la urgencia. "Las empresas comienzan a ajustar su funcionamiento a una economía de la que esperan '1% de crecimiento y 1% de inflación'". Van siete años de penurias, y no sólo cae la inflación, sino las expectativas inflacionarias. Así la situación tiende a perpetuarse. No es la "nueva mediocridad" de la que habla el FMI, es el equilibrio keynesiano estable con alto desempleo (y baja inversión) que pregonan los manuales. Y, Praet dixit, el BCE no puede alegar que no es su responsabilidad. Es su obligación actuar o violaría su deber de preservar la inflación en ese umbral cercano, levemente inferior, al 2% que constituye, por estatuto, su único objetivo.


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