El “Cirque” siempre puede llegar más alto

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Este es el cuarto espectáculo que el Cirque du Soleil trae a Buenos Aires luego de «Saltimbanco», «Alegría» y «Quidam» (creados en 1992, 1994 y 1996 respectivamente). «Varekai», que en romaní (lengua del pueblo gitano) significa «en cualquier lugar», fue estrenado en 2002 y presenta el mismo formato que los shows anteriores: asombrosas destrezas físicas, desfile de personajes enigmáticos, músicos y cantantes en vivo; sketches cómicos y un vestuario que por su singularidad sigue siendo uno de los rasgos más distintivos de la compañía.

Sin embargo, «Varekai» es un espectáculo diferente, que supera a los anteriores por su mayor equilibrio entre habilidades circenses (acrobacia, contorsionismo, trapecio, etcétera), cuadros coreográficos y aspectos visuales. Se incluyen proyecciones y un mayor número de trucos lumínicos (efecto luciérnaga, pelotas fluorescentes y hasta un pequeño globo aerostático con imágenes de gaviotas volando en su interior). Todo esto, sumado a los efectos sonoros, la música y las canciones, sumerge al espectador en un original viaje sensorial.

La presencia del fuego y un vestuario con diseños de origen vegetal (flores, nenúfares, nervaduras) y animal (plumas, caparazones, cuerpos tornasolados, membranas, etcétera) remiten a una vida primitiva que rinde honor a la naturaleza. El excelente diseño de luces de Nolen Van Genuchten valoriza la penumbra (algo inusitado en un show de estas características) para sugerir un entorno selvático. Al fondo de la pista una serie de estacas semeja un bosque de bambú, por el que treparán distintos integrantes de la troupe. Varias salidas subterráneas, ubicadas en la pista, habilitan la entrada y salida de todo tipo de personajes y elementos.

Hay un amago de relato que luego se diluye. Un joven alado baja de las alturas como Icaro y cae desmayado ante el asombro de las extrañas criaturas del lugar. Luego se enamora de una jovencita con silueta de anfibio y la historia se interrumpe sin más. Pese a estas desconexiones narrativas, el espectáculo fluye sin fisuras debido al encanto de sus acciones que surcan todo el espacio (incluida la platea) y que aluden a los cuatro elementos naturales.

El impresionante desempeño de los artistas celebra a su vez el coraje, la ambición y la necesidad de juego que mueven a la especie humana. Torres de acróbatas que desafían la gravedad, cuadros de trapecio que exaltan la belleza femenina, un par de niños lanzando al aire una especie de boleadoras chinas y un «infartante» cuadro final, el columpio ruso, donde los acróbatas parecen volar, entre otras sorprendentes destrezas.

La danza tiene un lugar preponderante en «Varekai». Uno de los números más vibrantes del espectáculo está a cargo de danzarines y acróbatas rusos. También llama la atención la inclusión de un bailarín con muletas (todo un desafío a las expectativas del público en relación a la movilidad de una persona discapacitada). Es una creación del prestigioso coreógrafo norteamericano Bill Shannon.

Por último, es importante destacar el talentoso equipo de humoristas que hace reír al público durante todo el show. Desde el payasesco maestro de ceremonias (Gordon White) hasta el mago impostor, interpretado por Steven Bishop, y su adorable asistente (la actriz argentina Mercedes Hernández), una gordita seductora y exhibicionista que rompe con el cliché de la partenaire escultural.



«Varekai» por el Cirque du Soleil. Autor y Dir.Gral.: D. Champagne. Dir.de creación: A. Watson. Mús.: V. Corradi. Esc.: S.Roy. Vest.: E.Ishioka. Coreog.: M. Montanaro. Dis.Ilum.: N.Van Genuchten (Complejo «Al río», (Laprida y Bmé. Cruz, Vicente López).

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