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El Colón montó espléndida “Sylphide”
Además de un inmejorable grupo de bailarines, liderado por Carla Vincelli y Federico Fernández, la escenografía y el vestuario y los efectos de maquinaria realzaron el brillante regreso de «La Sylphide» al Colón.
En medio de una gran expectativa (dada su larga ausencia del escenario del Colón), la versión elaborada por el gran coreógrafo francés Pierre Lacotte de «La sylphide» de Filippo Taglioni volvió a subir a escena esta semana a las órdenes del repositor Gil Isoart, miembro del staff de maestros de la Ópera de París.
Creado en ese teatro en 1832, el ballet se basa en un argumento del tenor Adolphe Nourrit (el mismo que, desplazado por su colega Gilbert Duprez, iba a suicidarse en Italia siete años después, a los 37). La creación de Filippo Taglioni estaba centrada en el talento de su hija Maria, bailarina etérea y «virginal», al igual que la reconstrucción de Lacotte se inspiró en la delicadeza de su mujer, Ghislaine Thesmar (quien lo bailó en el Colón en 1974).
Difícil tarea para una bailarina, entonces, ponerse en los hombros el velo de esta tradición y afrontar el rol titular; Carla Vincelli superó el desafío logrando esa sensación de levedad que Lacotte buscaba, jugando su «Sylphide» con más picardía que ingenuidad. A su lado Federico Fernández brilló como James, seguro en sus piruetas, saltos, «entrechats» y demás requerimientos de otro papel desafiante. Refinada y perfecta como Effie (la prometida de James), Nadia Muzyca completó el complicado «pas de trois».
El trabajo implacable de Isoart fue evidente no sólo en el desempeño de los solistas sino en la simetría y sincronización (muy lograda en todo momento pero especialmente asombrosa en las Sílfides del segundo acto) del cuerpo de baile. Luciana Barrirero y Edgardo Trabalón ejecutaron con limpidez el «Petit pas de deux» del primer acto secundados con disciplina por los escoceses rojos y azules. Como Madge, la bruja que desencadena la tragedia, Vagram Ambartsoumian destiló al mismo tiempo gracia y horror.
La escenografía y el vestuario -impecables y de realización local según diseños de Pierre Ciceri y Eugène Lami, respectivamente-, sumados a los efectos de maquinaria (sílfides voladoras, trampas, etcétera) realzaron una producción espléndida desde todo punto de vista. Salvo por algunos pasajes destemplados en los violines, la Estable dirigida por Logioia cumplió una buena tarea.


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