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El día que paralizaron a Robert Wise
El desalmado alienígena que interpreta Keanu Reeves es uno de los aciertos de «El día que la tierra se detuvo», remake innecesario pero entretenido del clásico de 1951.
En 1951, el film de Wise era algo tan serio como para que las fuerzas armadas estadounidenses le nieguen toda colaboración a esa producción de la Fox. Corría la Guerra Fría, el macartismo, la escalada de armas nucleares, y de repente el público masivo se identificaba con esta fábula en la que un extraterrestre amenazaba con el exterminio de la raza humana en caso de que los terrícolas no pudieran aprender a vivir en paz .
Si aggiornar este argumento es de por sí complicado, mucho más insensato es pensar en contarle al público del siglo XXI una historia que depende de tres o cuatro detalles o íconos elementales copiados hasta el hartazgo: un plato volador que aterriza en Manhattan, un robot gigante llamado Gort, un marciano mesiánico cuyo nombre es la primera palabra del diálogo en idioma alienígena más famoso en la historia del cine: Klaatu Barada Nicto.
Partiendo de la base de que este remake es cualquier cosa menos razonable, la vision del director Scott Derrickson («El exorcismo de Emily Rose») incluye algunos apuntes atractivos sobre el film original. Para empezar, Keanu Reeves es un notable Klaatu de implacable mala onda y vocación exterminadora. Un punto débil del film original era el carácter contradictorio del marciano que luchaba por la paz invocando el genocidio. El nuevo Klaatu, luego de ser recibido a tiros, va casi directo al genocidio y no tiene ningún problema en utilizar sus superpoderes para defenderse de la incansable violencia terrícola. Luego, la gran virtud de este remake es conseguir un robot a la altura del Gort original, aún cuando esto implica llenar la película de anticuadas -y divertidas- escenas de super acción con ataques militares al indestructible invasor del espacio sideral.
Lamentablemente el clásico plato volador del film de 1951 está reemplazado por una patética bola digital digna de algún spot para los chivos de las marcas que invaden la pantalla a lo largo de toda la película. Pero, la eficacia de Jennifer Connelly (encarnando un personaje al que le caen todas las deficiencias del guión, que son muchísimas), la excelente y muy seria actuacion del Monty Phyton, John Cleese, la imaginativa fotografía y algunos de los efectos especiales ayudan a que esta aventura marciana nunca deje de tener algo atractivo que ofrecer.
Si sirve para que alguien se interese por el film de Robert Wise, ya sería algo. En este sentido, lo mejor y más honesto está en el soundtrack, ya que el que verdaderamente se limita a hacer un homenaje genuino es el talentoso músico Tyler Bates, que explota al máximo las posibilidades de la tecnología digital para que resuciten los viejos climas sonoros de Bernard Herrmann (autor de la banda sonora a todo Theremin de 1951).


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