11 de enero 2017 - 23:05

El Diccionario de la Academia y sus “almóndigas” de alcurnia

• UNA INCORPORACIÓN DE VULGARISMOS QUE OCURRIÓ HACE MUCHO, PERO QUE VOLVIÓ A INDIGNAR AHORA
Efecto indeseado de las redes sociales: algunas noticias viejas reaparecen como nuevas y así muchos atacaron a la Real Academia Española por admitir palabras que ya había agregado en el pasado.

Antiguas. En su 21a edición, el Diccionario de la Real Academia Española ya incorporaba los hoy cuestionados términos.
Antiguas. En su 21a edición, el Diccionario de la Real Academia Española ya incorporaba los hoy cuestionados términos.
Contrariamente a lo que sostenía James Bond, en las redes sociales no sólo se vive dos veces sino que algunos personajes notables parecen tener tres, cuatro o más vidas, y en consecuencia otras tantas muertes.

Tal como se comprueba en estos tiempos de "conocimiento viralizado", un día alguien informa que determinada figura que lleva muerta un largo tiempo vuelve a morir, y los usuarios expanden el duelo a través de renovados adioses, lamentos y emoticones con lágrima. Pero, a diferencia de lo que practican ciertos hackers malintencionados, que periódicamente difunden falsas noticias de fallecimientos que no ocurrieron (lo que en la jerga comunicacional se conoce como "hoax" o "fake"), lo anterior no obedece a la mala fe sino, sencillamente, a la mala memoria o a la desinformación. O a una mezcla de ambas.

Una de las razones de estas improcedentes honras fúnebres a repetición son las configuraciones de algunos diarios online cuyos obituarios, por distintas razones, reaparecen en las redes después de un tiempo, con la fecha del día en la parte superior de la página (lo que conduce al error), y debajo, en tipografía menos visible, la de la edición en la que se informó sobre el deceso. A veces, con diferencias de hasta tres y cuatro años entre una fecha y la otra. Sin embargo, la desinformación cronológica a la que ocasionalmente lleva la "nube" no termina en los difuntos.

Hace pocos días hubo una viralizada indignación contra la Real Academia Española. La causa era que la institución rectora de nuestro decir, cuyo fin -según su estatuto- es "limpiar, fijar y darle esplendor" al idioma, había aceptado vocablos tan poco esplendorosos como "almóndiga", "otubre", "toballa", "vagamundo" y (Dios nos libre y guarde), "culamen", entre otras bellezas. Más alarmados, como dictaminó Borges en su famoso ensayo, que el doctor Américo Castro en los años 40 contra los americanismos, los usuarios de las redes atacaron sin piedad a la RAE por esta nueva muestra de falta de autoridad y la profundización de su política de "dejar hacer" y que cada cual hable como se le ocurra, total después lo legalizamos.

Esta indignación lingüística, desde luego, no deja de estar justificada. Por más aperturista y amplio de criterio que se sea, nadie que pretenda hacer un buen papel en una primera salida amorosa invitaría a comer "almóndigas" a su cita en un restaurante (tampoco después de años de matrimonio, desde ya). Sin embargo, en lo que casi nadie reparó fue que esas deformaciones de la lengua fueron aceptadas hace mucho por la RAE: sus "almóndigas", como diría Manolito, tienen alcurnia en el Diccionario. Mejor que volver a enojarse, sólo había que consultar, por ejemplo, los dos prácticos tomitos de la 21a edición del Diccionario de la RAE de 1992 (para evitar la confusión con la edición digital de 2014, la número 23), donde ya figuraban las entradas de todas esas palabras. Es más, la RAE las considera formas "antiguas", por lo cual vienen precedidas por la abreviatura "ant." que desde 2014 mutó a "desus.", es decir, "desusada" (se explica en el prólogo del actual diccionario, que puede leerse online). Es decir que los académicos, quizás en un exceso de optimismo, creen que ya nadie come "almóndigas" ni se seca con la "toballa", sino que sólo son coloquialismos del pasado. Esa indignación extemporánea, sin embargo, tuvo consecuencias menos deseables que la de los fallecidos: hubo publicaciones y programas de radio que se hicieron cargo del tema, y también atacaron con fervor a la Real Academia Española por admitir esos vulgarismos del pasado como si se tratara de una noticia nueva. La vieja dama indigna, hasta el momento, no se ha defendido.

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