"No me voy a ir hasta que sepa qué pasó, dijo un familiar de uno de los ocupantes del vuelo MH370 al salir de la sala del hotel Lido en la que, desde el sábado, pasan las horas más de un centenar de allegados de los 154 chinos que viajaban en el avión.
Alterado y sin identificarse, su declaración fue una de las pocas ofrecidas ayer a los medios por los parientes, visiblemente hastiados por la ausencia de conclusiones, pero también por el asedio de los flashes y las cámaras, omnipresentes en el citado hotel pequinés.
"Muchos de los familiares no querrán viajar a Malasia", explicó a la prensa el psicólogo Paul Yin desde el hotel, adonde llegó por primera vez el domingo para acompañar a un amigo. "Creo que las familias están buscando un sistema de apoyo más fuerte, y pienso que se sentirían aislados si se van a Malasia", añadió.
La entrada en escena de al menos dos pasaportes robados entre los pasajeros del avión desató las conjeturas sobre posibles fallos de seguridad y que se trate de un acto terrorista. Ante la incertidumbre, el presidente chino, Xi Jinping, aseguró que su país "no abandona ninguna opción que permita salvar vidas".
El misterio que aún rodea su fulgurante desaparición hace recordar lo ocurrido en tragedias aéreas como la del vuelo Air France, que se precipitó al Atlántico en 2009, y cuyas causas siguieron revelándose más de dos años después, o la del Pan Am 103, cuyos restos cayeron a la ciudad escocesa de Lockerbie tras ser destruido por una bomba en 1988.
| Agencia EFE |


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