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“Él era una persona normal”
El féretro con los restos de Sandro llega al Congreso. Por orden de la familia, no se permitieron fotos de su cadáver.
-Yo fumaba como él, cuatro, cinco atados por día, y otras cosas...
-¿Marihuana también?
-No, eso no. Pipa, algún cigarro, cuando había plata para comprar cigarros.
-Y mirá qué bien que estás.
-Sí, pero dejé en el 82, ahora tengo 77, sacá la cuenta.
Ya in situ, recorriendo las varias cuadras de cola para «ver a Sandro», aparte de imágenes más habituales en siestas de provincia que en pleno centro de Buenos Aires, como la profusión de paraguas con los que, a manera de sombrillas, se protegían muchísimas mujeres de los 33 grados de sensación térmica a las 2 de la tarde, lo más llamativo para el circunstante era la repetición del tema. «¿Vas a seguir fumando vos, con lo que pasó?», se enojó una mujer grande con otra mujer grande, por ejemplo. Un poco más adelante, una madre impidió con indubitable autoridad materna que su hijo adolescente encendiera un cigarrillo de un certero manotazo. Y así sucesivamente. De ahí, la primera certeza: si pasó «lo que pasó» fue a causa de un solo culpable. De modo que, si es cierto que un ídolo popular «instala un tema en la sociedad», como se usa decir ahora, tiemblen tabacaleras.
Por lo demás, nada se parecía a lo que pasaba en la televisión. A primera vista, por lo menos. En la fila que partiendo de Ayacucho y Bartolomé Mitre, daba la vuelta por Perón, seguía por Callao y entraba en el Congreso por Rivadavia, nadie lloró. Se conversaba de cualquier cosa o se seguía con ojos ansiosos el avance de la cola. Eso sí, casi todos (más bien dicho todas, en este caso, dada la abrumadora mayoría de mujeres) llevaban las dos rosas de verdad a «dos por cinco, más la foto de regalo», o las de papel «a dos por tres», con la foto también, que lo mismo servía para apretarla contra el pecho que para apantallarse, igual que los abanicos que se vendían «a cinco». A propósito de vendedores, en una de las prolijas paradas, vigiladas por policías, para esperar el semáforo, un hombre se indignó a viva voz con «éstos que con tal de hacerse el día no les importa nada. Para mí que son todos peruanos. Acá lo que hace falta es un presidente con autoridad». Justo cuando iba a decir quién era, en su opinión, el candidato con ese valioso atributo, su mujer (muy probablemente) lo frenó: «¡Che che che che!, acá no vengas a hablar de política». Otra certeza: todo tiene un límite.
Reflexiones
En el camino, fue posible escuchar cosas como «esto es lo más grande que me pasó en la vida, como cuando nevó, pero ahí estábamos contentos». O la reflexión de un muchacho a otro apuntando con el mentón para el lado del Congreso: «Nos dejó festejar el fin de año, éste». Y otra vez una mujer que interrumpe airada: «¿Quién?. Vos, porque lo que es yo no festejé ¿No viste que este año hubo menos cohetes?». Ya con la voz dulcificada le contó que ella «lo único, le pedí a mi hijo que me prenda un globo para pedir el milagro. Y voló, pero igual... qué raro, ¿no?».
Pararse en la vereda, a la salida del Salón de los Pasos Perdidos ya era otra cosa. Mucho llanto, sobre todo cuando los movileros de televisión abusaban de sus clichés. Pero también sonrisas entre burlonas y conmovidas y palmaditas en la espalda a un imitador de Sandro, corbata roja con el letrero «Sandro, mi pasión», que se paseaba por ahí con la mirada perdida.
Cuando nos íbamos, detrás de la valla que cerraba el acceso por Riobamba, una joven petisita se para cerca nuestro, nos mira directo a los ojos, pero habla para sí. «No es Sandro. No no. Nada que ver. El era mofletudo, gordito, con la boca así...» (infla los carrillos, se estira los labios con los dedos y, horror, rompe a llorar desconsolada). ¿Por qué duele tanto esta muerte?, preguntamos por primera vez en todo el recorrido. Sin pensar, ella responde, con certeza, «Porque él era una persona normal».


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