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El éxito del plan de estabilización
José Siaba Serrate
Un dictamen es unánime: se ganó tiempo. No se lo piense un argumento peyorativo. ¿Qué otro objetivo es más valioso cuando se desboca una corrida? Si el default de la Argentina fue «el accidente de trenes más lento de la historia», contra toda lógica, la crisis griega es fulminante. Casi un ejemplo de muerte súbita. De no ser por la mala calidad de la gestión de crisis, uno hubiese esperado todo lo contrario. En su parálisis exacerbada, Europa quemó etapas -destruyó tiempo- de manera alarmante.
Recobrar el control del reloj -y quitárselo a los mercados- es un logro fundamental.
El plan de estabilización europeo, se esgrime, no conjura el mal de fondo: los cuestionamientos a la solvencia. Es cierto. Ello no niega que se necesita tiempo, sí o sí, para sortear el trance. Una vez conseguido, se podrá aprovechar con acierto o malgastarlo. Europa está sobre aviso: ya recibió la notificación del malestar de los mercados. Sabrá qué le conviene hacer. De hecho, el plan de estabilización no viene solo. En paralelo, rigen planes de consolidación fiscal en todos los países de la eurozona con metas cuantitativas de reducción del déficit para volver a ceñirse dentro de los límites de Maastricht en 2013. Y, para subrayar el punto, en típica sobreactuación, se le exigió a España ayer que los reforzara. Arrimar un paraguas financiero es vital para que ese horizonte relativamente prolongado de acción -que suaviza la severidad del ajuste y lo torna más viable- conserve vigencia práctica. Más aún, no hay ajuste creíble con una economía exhausta. Y se precisa tiempo para que una recuperación decente eche raíces en el Viejo Continente. Nobleza obliga: ni por asomo el plan de estabilización compró tanto recurso. Apenas si una breve estadía, que habrá que renovar.
La cartelera de los anuncios del domingo era impactante: el acento estuvo puesto en el mecanismo de estabilización financiera y su potencial despliegue de 750 mil millones de euros. Con razón. La cifra era el mensaje. Europa dará pelea. Y ya no retaceará recursos. La integración monetaria vale mucho más que eso. Tanto que el fin justifica los medios (que lo diga, si no, el Banco Central Europeo). La decisión política salta a la vista. La integración suponía una moneda única y una diversidad de tesorerías. A la hora de la verdad, se sacrifica la independencia fiscal -surge una caja común de 500 mil millones de euros-, pero se preserva la unión monetaria. De ahí que la opinión sobre el futuro inmediato de Grecia mudara de cabo a rabo. Si Europa no quiere que Grecia incurra en un default o en una reestructuración de su deuda, así será. Europa puede pagar esa cuenta.
Lo curioso es que el mecanismo de estabilización es un modelo para armar. Un dispositivo que, si se lo quiere utilizar, no está disponible. Y, más interesante aún, no lo estará a menos que se reavive la crisis y propine otra feroz dentellada. Ocurre que el único programa conjunto entre la Unión Europea y el Fondo Monetario Internacional es el de Grecia (los 110 mil millones de euros aprobados por cuerda separada). Y son los términos y la condicionalidad de un acuerdo con el FMI los que rigen el uso del mecanismo. Pero nadie se asomará por ventanilla para retirar los formularios de la ayuda, a menos que antes la crisis lo maltrate muy seriamente.
Sin embargo, la iniciativa no tuvo éxito por los anuncios estruendosos, sino porque canceló la parálisis de las autoridades. De manera contundente y en el terreno más escabroso de todos. Conviene recordar que la difusión del paquete de medidas se estiró lo más posible (señal de discrepancias fuertes hasta último momento). Entiéndase bien: el acuerdo estaba cerrado, pero no su contenido. Recién a las 2 de la mañana del lunes -cuando ya operaban los mercados de Asia- se conoció una versión hilvanada del plan. Pero, conforme a diversas fuentes, a las 8 y media de esa misma mañana, ya el Banco Central Europeo había comenzado las compras de títulos públicos. Adquirió bonos griegos, portugueses y españoles. El BCE no revelará los montos ni dará mayores pistas sobre los principios que guían su intervención. Pero sí deslizó -vía uno de sus miembros, Juergen Starck- que la intención es mantener las tenencias al vencimiento. Que la política fue efectiva lo prueba el colapso de los spreads de tasas. Y una pequeña, pero sorpresiva subasta exitosa en Portugal. Que en paralelo Grecia haya recibido -por fin- la primera cuota de su meneado programa de salvamento, a tiempo para cubrir el próximo vencimiento de sus bonos, es -por igual razón- motivo de festejos. En uno y en otro terreno queda demostrado que el veto alemán ya no es un obstáculo.
