- ámbito
- Edición Impresa
El folletín, otra lección del maestro
Raúl Ruiz: casi cinco años después de su muerte se estrena en el país “Misterios de Lisboa”, un film en el que el gran cineasta chileno abordó el género del folletín lacrimógeno.
Periodista: ¿Cómo se enganchó con los "Misterios de Lisboa", un novelón finisecular de Castelo Branco?
Raúl Ruiz: De joven hacía capítulos de telenovelas mexicanas y teatro de vanguardia al mismo tiempo. Telenovelas es lo que más me gusta. La injusticia de las humillaciones, los golpes de suerte, para bien o para mal, los azares de la vida. Esas cosas me gustan. Había un melodrama italiano muy largo, con mucho llanto, y recuerdo que yo, que no había llorado ante ninguna de las desgracias que vivían sus personajes, al final lloré, porque vi que la película se iba a terminar. No quería que terminara, ellos ya eran como de mi familia.
P.: Entonces, el folletín...
R.R.: Sí, por eso el productor portugués Paulo Branco me invitó a hacer este folletín, que resume la novela original en tres tomos. En esos tres tomos se llora mucho. Un promedio de tres llanteríos por página. Lo redujimos a un llanto cada 20 páginas, y no llanto, sino sufrimiento, ahogo, que es mejor. E hicimos la película de cuatro horas largas, y una serie de seis horas. Ahí están viviendo sus aventuras el niño de origen desconocido, la protegida del cura, las amantes del cura, el amante de la protegida, el hidalgo también de origen desconocido, etc. Todos estos personajes andan de aquí para allá, hacen una colisión, como dicen que hacen las partículas, y así nace la historia, que es como una telenovela brasileña comprimida.
P.: A los muchos personajes de la novela usted agregó algunos inesperados.
R.R.: Es cierto. Por ejemplo, para el duelo final pedí un figurante, para ponerlo al fondo. Me gusta que ocurran cosas al fondo de la escena, lo aprendí mirando las pinturas de Brueghel. Me traen un chico muy joven. ¿Qué hago yo con éste? Recordé que en el siglo XIX venían de todas partes de Europa a suicidarse en Portugal. Imaginamos un inglés. Los ingleses son maniáticos. Este viene a suicidarse y se ve demorado por ese duelo ridículo. Y al final se mata, claro.
P.: ¿Pero la gente va a saber por qué se mata?
R.R.: Y, algunas cosas igual no van a quedar claras. Me gusta jugar con los puntos suspensivos, que el espectador complete a su modo las diversas historias. También me gusta trabajar con los decorados, sobre todo ahora con la alta definición, y provocar la sensación de extrañeza sin necesidad de efectos visuales, usar planos amplios, que en este caso me parecen indicados para evocar las viejas pinturas, y planos-secuencia, con la parsimonia intrigante de los folletines románticos. ¿Sabe quién me enseñó a usar los planos-secuencia? Un argentino, Diego Bonacina. Fue en mi segunda película, "Tres tristes tigres", allá en Chile, cuando yo recién empezaba. Muy buen director de fotografía, me dicen que con el tiempo se retiró y puso un videoclub en Buenos Aires.
P.: El mejor videoclub, La fábrica de los sueños, de Liberarte, que cerró hará un par de años. Entretanto, usted entre películas y teleseries ya pasa el centenar de títulos.
R.R.:¿Quiere saber cómo hice tantas películas? Porque filmo tranquilo. No me enoja nadie, voy al rodaje para estar bien, y hasta dispongo de tiempo para dormir la siesta. En cine te encuentras con Guillermo Tell, que dispara una sola flecha, o con la batalla de Agincourt, donde vuelan cientos de flechas. Más tranquila para filmar es la de Guillermo Tell. Pero además la tranquilidad me permite probar cosas nuevas. Las nuevas tecnologías me entusiasman, es bueno probarlas aunque sea al final de la vida de uno.


Dejá tu comentario