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El irresistible encanto de Flicka
Sebastián Spreng, prominente artista plástico argentino radicado en Miami, es también gran autoridad en crítica musical. Amigo personal de Frederica von Stade, hizo llegar a este diario una semblanza de la famosa mezzosoprano que actúa hoy en el Colón.
Hoy quiero aprovechar esta ocasión para testimoniar mi admiración y una amistad que atesoro en cada encuentro con «Flicka» - su apodo familiar originado en la novela «Mi amiga Flicka» que trascendió a su otra gran familia, la de la música - y hacer mías las palabras de su gran amigo y compositor Jake Heggie «Es una persona que mejora este mundo».
Como corresponde, ella no es conciente de su encanto y aún se asombra con las reacciones que provoca. A su voz inconfundible, dorada, de lustroso color madera y clara impostación vienesa, suma talento, estampa, naturalidad, ternura, ductilidad y la innata aristocracia que se desprende de ser ella misma. La alquimia funcionó pero se rompió el molde, Flicka es pieza única y genuina.
Esta espléndida mujer que nació dos meses después de la muerte de su padre en la Segunda Guerra, que creció entre la Costa Este, Grecia y Francia, hubiese querido cantar como Ethel Merman y brillar en el Broadway que frecuentaba de niña pero, el destino digitado por Mozart y sus secuaces celestes, le tenía reservado «encarnar» a Cherubino (y sus parientes Octavian, Hansel, Sesto e Idamante) a las Cenicientas francesa e italiana, Rosina, Melisande y Charlotte, el nombre de su, por ahora, única nieta. Sin contar con los papeles que le han compuesto, los oratorios, operetas y el cancionero clásico (y popular) francés, alemán y americano, parecería personificar al inefable Amor de William Bolcom. Verla cantar «Magnolia» («Showboat»), «María» o «How long has this been going on» confirma que la pérdida de Broadway fue la ganancia de la lírica.
Flicka es el pendant estadounidense, más lírico, de su amiga Marilyn Horne, y su nombre europeo esconde una bonhomía, modestia, profesionalidad y calidez esencialmente americanas. Premiada, condecorada, y querida como pocas en el mundo musical, es una auténtica «ciudadana del mundo» disfrutadora de los dividendos que paga la integridad como artista y como persona.
Después de cuatro décadas en una profesión a la que llegó «just for fun» - gozo que contagia porque es su motor - ha ido despidiéndose, no del todo convencida, del Met, Carnegie Hall, Chicago y ahora de su querido Teatro Colón: «el único con un público capaz de llenar varias funciones de Pellèas».
Quienes conocemos su modestia proverbial sabemos que así como puede manejar horas para brindar confort a un moribundo o regalar una Masterclass, un día canta en la Casa Blanca y al siguiente enseña al coro de la escuela de niños carenciados donde es puntual voluntaria. Si la compasión es su credo tácito, es inevitable evocar a Emily Dickinson y su «Si puedo aliviar un dolor, no habré vivido en vano.».
Y si sus hijas todavía «protestan» porque su madre canta todo el día, vuelven a caer rendidas con sus originales sandwiches de tomate; un simple manjar del que tímidamente da la receta, ruborizada como la «nena» que significa su apodo. Exquisitos e inimitables como ella, son también ingredientes del irresistible encanto de Mi amiga Flicka.


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