Larga es la lista de quienes sienten devoción por los gatos. Lista iniciada por los egipcios que los tuvieron por deidades. Los políticos prefieren la veneración que le ofrecen los perros, y no la admiración que reclaman los gatos. Hay excepciones, Churchill, por ejemplo, o que el Día Internacional del Gato, 2 de febrero, haya surgido de Bill Clinton por la muerte de Socks, el gato de su hija. Pero la auténtica devoción a los felinos domésticos pertenece a los escritores. A Cortázar, a Soriano, a Borges que entraba a su sala en la Biblioteca Nacional pidiéndole permiso para entrar al gato que se había adueñado del lugar, o dedicándole diarias caricias y un perdurable poema a su gato Bepo. Doris May Tayler, que luego de su segundo matrimonio pasaría a ser Doris Lessing (apellido que mantendría más allá de su divorcio), al costado de las novelas que la hicieron Premio Nobel de Literatura, escribió admirables mezcolanzas de ensayo, biografía, miscelánea y maestría narrativa sobre gatos. En "Gatos ilustres" (en realidad "Particulary Cats") parte de la aversión, de cuando de su natal Irán su familia se traslada a una chacra en Zimbabue y su padre realiza un holocausto de gatos salvajes, para luego llegar a la adoración de su gata gris y su gata negra que en Londres acompañan a esa excomunista, feminista y luchadora contra la segregación, en el crecimiento de su fama. Lessing pasa de la anécdota graciosa a puentes metafóricos que dan cuenta e iluminan la sexualidad, la libertad, la soberanía, la vida y la muerte. Gracias a los magníficos dibujos de la catalana Joana Santamans la obra se convierte en libro de arte. Quienes busquen datos teóricos tienen "Elogio del gato" de Stephanie Hochet, el secreto orden dinástico "El libro de los gatos habilidosos del viejo Possum" de T. S. Eliot, y para encomio de lo de los callejeros "Gatos" de Charles Bukowski.
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