El “Macbeth” de Daulte entre Shakespeare y baile del caño

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«Macbeth» de W. Shakespeare. Versión y Dir.: J. DaulInt.: A. Ajaka, A. Rittano, M. Antonópulos. Mús.: D. Vainer. Coreog.: C. Casella. Esc.: A. Leloutre. Ilum.: G. Córdova. Vest.: M. Polski. (Sala Martín Coronado,TGSM).

Entre las obras de Shakespeare, «Macbeth» es una de las más difíciles de llevar a escena, y más aún en un circuito ajeno a la tradición anglosajona. La historia que narra es revulsiva por estar plagada de crímenes sangrientos y de visiones que erizan la piel. Los hechos que se describen no tienen nada que envidiarle al thriller contemporáneo, pero es su combinatoria de elementos poéticos y de tragedia griega lo que hace que sus escenas -aun las más siniestras- adquieran un halo de belleza.

Las citas de Shakespeare más famosas pertenecen a esta obra y de su pareja protagónica surgen reflexiones abismales, al límite de toda experiencia humana. Y, sin embargo, en la puesta de Javier Daulte el texto fue relegado a un segundo plano, o bien aparece disociado de la acción como si fuera un lastre.

La trama argumental carece de progresión dramática y no da cuenta del proceso que atraviesan sus protagonistas, dado que la acción quedó fragmentada en escenas independientes y algo inconexas en las que conviven distintos estilos de actuación.

La marcación de los intérpretes denota poco rigor y esto se ve reflejado en las dificultades de dicción y en la proliferación de gestos que reflejan una «ocurrencia», antes que una necesidad expresiva: los asesinos de Banquo son dos espásticos con dificultades motrices, Macbeth es un guerrero payasesco y de morisquetas infantiles, etcécera. Todo parece destinado a contrarrestar la supuesta solemnidad de ciertos pasajes.

Sólo en escasos momentos, los intérpretes consiguen transmitir las emociones y contradicciones que sugiere el texto. Por eso es digna de destacarse la actuación de Julieta Vallina, como Lady Macduff, cuando comparte sus temores con su hijo adolescente.

La puesta abunda en rasgos humorísticos y dentro de este registro el cuadro más logrado es el que protagoniza Martín Pugliese (el portero). A la manera de «Rosencrantz y Guildenstern han muerto» de Tom Stoppard, Daulte recurrió aquí también a un personaje muy secundario de Shakespeare para introducirlo en una nueva ficción metateatral. La intervención de Pugliese -en plan de stand up- resulta hilarante y a la vez funciona como un refrescante intervalo.

En la noche de estreno hubo una gran ovación, aunque es probable que este «Macbeth» genere tantas adhesiones como rechazos. Tiene un formato de gran show televisivo, con varios micrófonos de mano y muchas coreografías (el trío de brujas-vestidas como Daryl Hannah en «Blade Runner»- tranquilamente podrían participar del baile del caño).

El espectáculo, de dos horas y cuarto de duración, gira en torno a una gran estructura metálica de aspecto fabril y con escaleras y plataformas destinadas a que los actores distribuyan su energía por todo el espacio.

La atención del público está asegurada por una omnipresente ambientación sonora que incluye chill out y otros ritmos de reminiscencias techno. La música y los efectos de sonido realzan las actuaciones y son los que determinan los climas dramáticos de la pieza.

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