Barack Obama no está pasando por el mejor momento de su presidencia. De hecho lo hace por el peor. Pero, lo más importante no es la caída en su nivel de popularidad (de los últimos 10 presidentes, sólo Clinton era más impopular a esta altura de la gestión) sino que no estaría consiguiendo el número de votos necesarios en el Senado (hablamos de votos demócratas) como para pasar su reforma al sistema de salud. Esto abre un intríngulis sobre su otro plan favorito, la reforma al sistema financiero. No es que el proyecto sea "revolucionario", al contrario, si de algo se lo acusa (por "izquierda") es de "quedarse corto" o (por "derecha") de ser excesivo o inútil. ¿Por qué inútil? Simple: el origen último de la actual crisis, así como la de 1929, fue la política económica extremadamente laxa de gobiernos (con tasas muy bajas que financiaron burbujas en el valor de las propiedades, commodities y activos financieros) que buscaban asegurarse el favor de los ciudadanos. Esto no exonera al sector privado de la parte de culpa que le toca, pero pone en evidencia que fue el Estado en su conjunto (los entes reguladores se hicieron los distraídos) el gran culpable y el proyecto no avanza en nada sobre esto. Algunos cambios en la estructura del sistema financiero pueden ser necesarios, pero no al costo de que el Gobierno tenga más poder para regular al mercado (cuanto más controle al sistema, más sencillo le resultará "armar" una nueva burbuja). En un principio parecía que el proyecto "venía en serio" y así lunes martes y miércoles, los papeles financieros se movieron a la baja. El jueves y viernes cuando se filtraron las dificultades que enfrenta la propuesta, los inversores salieron a cubrir sus posiciones vendidas y como resultado, los intermediarios del dinero quedaron prácticamente sin cambios (el viernes el Dow retrocedió un magro 0,19% a 8.539.73 puntos).
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