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El milagro social sigue sin llegar al noreste de Brasil
Policías recorren la favela Virgem dos Pobres de Maceió. En esa ciudad, la tasa de homicidios casi se triplicó en 12 años.
Ubicada en el noreste de Brasil, Maceió, capital del empobrecido estado de Alagoas, cuenta con kilómetros de arena, mar turquesa y hoteles de lujo por donde los visitantes pasean a cualquier hora.
Aquí «las personas transitan con cartera y reloj en la mano. La violencia que provoca homicidios está restringida a los cinturones de miseria», explicó Darío Cavalcante, máximo responsable de la seguridad pública de Alagoas.
«En siete años perdí cinco hijos. Los mataron sus propios amigos. Compraron droga, no pagaron las deudas y murieron. El más joven tenía 18 años y el más viejo, 23», dijo Severino López, un vendedor de dulces de 59 años.
El 31 de diciembre, uno de los hijos de Claide Maria Souza también fue asesinado. Era un adicto al crack (pasta base de cocaína) que fue sorprendido robando en el mercado de Vila Brejal.
«Un vigilante lo sorprendió y lo mató a palazos. Estuvo tres días en el hospital. El que mató a mi hijo murió. No fue por venganza mía. Tenía muchos enemigos», relató.
Combustible
Las «deudas del crack», por las que un adicto puede perder la vida por menos de tres dólares a manos de un traficante, son el combustible de la violencia que convirtió a Maceió en la ciudad de Brasil con la mayor tasa de homicidios en relación con su población: 109,9 por cada 100.000 habitantes en 2010, un nivel propio de un territorio en guerra civil. El promedio de Brasil es de 26,2 homicidios cada 100.000 habitantes.
Maceió tiene cerca de 1,1 millón de habitantes.
«De 360 homicidios por año, en 2000, se pasó a 1.025 en 2010, un crecimiento del 184,7%», afirmó Julio Jacobo Waiselfisz, autor del Mapa de la Violencia 2012 elaborado por el Instituto Sangari a partir del registro oficial de muertos.
En Maceió la violencia es un lugar: quince favelas populosas, varias insalubres, donde víctimas y verdugos son igualmente pobres. Aquí, recuerdan sus habitantes, la vida transcurría en las calles antes de que el crack apareciera hace menos de una década.
«Diferente de lo que el Estado dice, los niños no van a la calle a consumir droga. Ellos estaban en la calle y hasta allá llegó el crack. ¿Y para qué consumen? Para sentir placer», explicó María da Graça Souza, directora de un centro infantil adonde llegan hijos de padres consumidores.
A diferencia de las favelas de Río de Janeiro, los traficantes no ejercen dominio territorial ni viven con evidentes lujos.
«Aquí se mata o se muere por diez reales (5 dólares). El crimen no es una fuente de riqueza. Traficantes y consumidores se matan entre ellos. El que mata hoy muere mañana», ilustró Cavalcante.
En Alagoas más del 50% de la población sobrevive por debajo de la línea de pobreza y un 25% es analfabeta, según el responsable. Después de Maranhao y Piauí, es el estado con peores índices sociales de Brasil, la sexta economía del mundo.
Argumento
Si bien las razones para explicar la violencia en Maceió son muy variadas, hay un argumento compartido: el crack avivó la hoguera del crimen.
Este residuo de la cocaína, que en general ingresa por Bolivia y Perú, está detrás de los relatos de muerte en las favelas, y es justificación para la represión policial, no exenta de abusos o corrupción, que sólo el mes pasado costaron el puesto a cuatro uniformados.
En una incursión nocturna a Virgen de los Pobres, el teniente Washington -no quiso dar su apellido- ordena, requisa y muy pocas veces sonríe. Siempre al frente de sus hombres, su misión es la de interceptar a los traficantes y registrar a los adictos para que reciban ayuda médica.
«Si un usuario no paga una deuda con un traficante, muere. Lo matan para aleccionar a los otros. El 80% de los homicidios están asociados al crack», dijo.
Jóvenes de chancletas y pantalón corto actúan por reflejo cuando ven a los policías. Se llevan las manos a la cabeza, bajan la mirada y esperan, resignados, a que los esculquen con rudeza.
«Es lamentable que algunas de esas favelas estén conociendo al Estado a través de la Policía. No conocieron al Estado previniendo, educando, dando salud», dijo Ruth Vasconcelos, de la Universidad Federal de Alagoas y autora de varios estudios sobre la violencia en ese estado.
Agencia AFP


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