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El país aporta calidad a una oferta amplia de películas
«El secreto de sus ojos» marcó un hito en 2009. El aumento del 20% del público que asistió a ver películas nacionales se explica, en buena medida, en el suceso de este film.
«Omisiones de la Academia», era el capítulo donde el uruguayo Homero Alsina Thevenet anotaba aquellas obras que habrían merecido una candidatura al Oscar, pero por alguna circunstancia fueron ignoradas. Ahí deberíamos agregar, desde este año, «Gran Torino» y «Changelling», las dos formidables obras de Clint Eastwood que fueron ninguneadas en beneficio de las buenas relaciones con la India, donde algunas majors, y el propio Steven Spielberg, habían buscado refugio preventivo. ¿Habrá que cruzar los dedos para que, en pocas semanas, la Academia no ignore «El secreto de sus ojos», en beneficio de las buenas relaciones con quién sabe qué otro país más confiable para los negocios? Nunca se sabe.
La Argentina lo tiene todo, incluso, muy buenos técnicos. Un solo ejemplo, Matías Mesa, el inventor del steadycam sobre ruedas que se usó en una megaproducción anglo-española filmada en Luján y otras locaciones, sobre el creador del Opus Dei.
Pero, por el momento, parte de las empresas extranjeras de largos, publicidades y televisión están volviendo sus ojos al Uruguay: es menos barato, pero tiene paisajes similares, profesionales de ascendente capacidad, normativas claras y, sobre todo, menos avivados cobrando más de la cuenta. El cine uruguayo, además, está en ascenso, con «Gigante» a la cabeza. Cierto que su autor, Adrián Biniez, es argentino, pero vive allá desde joven. Y que parte de la coproducción es argentina, pero como socio menor.
Valores
¿Qué podemos lucir? Muchísimo, afortunadamente. Por algo el productor y director español Gerardo Herrero hizo totalmente aquí, y con personal enteramente nativo, «El corredor nocturno», que bien habría podido adaptar y hacer en su patria. Por algo España sigue invirtiendo en nosotros, y hasta celebrará con un telefilm sanmartiniano el Bicentenario de la Revolución de Mayo. Por algo, también, tantas productoras de otros países cercanos confían sus películas a nuestros laboratorios. Pequeña digresión, ya que estamos: ¿no era que España iba a regalarnos para el Bicentenario un centro cultural con una sala específica para el Museo Municipal del Cine? No se habló más del asunto, y el edificio que iba a refaccionarse para el museo ahora fue demolido. He aquí un edificio fantasma, como las imágenes sobre la pantalla o las palabras de los políticos sobre los hechos concretos.
Más vale que repasemos la temporada. La película del año, qué duda cabe, es «El secreto de sus ojos». Campanella sabe bien cómo aplicar lo más valioso del cine narrativo clásico argentino y hollywoodense, con nervio, gracia, star system, sentimiento, sentido, contenido y gran oficio. Ya entra en la categoría de maestro.
También maestro, Carlos Sorín, que con «La ventana» nos regala un cuento de intensidad y humorismo chejovianos en medio de la Pampa, un cuento poético, tierno y risueño, sobre un anciano que espera la llegada del hijo para morirse. No fue un suceso ahora, pero será bien apreciada a lo largo de muchas generaciones.
Relevantes, cada cual con su estilo y su propuesta, «Cuestión de principios», «El corredor nocturno», «El último verano de la Boyita», «El artista», «Mentiras piadosas», «Amorosa soledad», «Una semana solos», «Música en espera». Alguien objetará que esta última es comercial y previsible. ¡Pero bienvenida sea, incluso por esas mismas razones! Además, ser previsible también puede ser un arte, y una artimaña deliciosa.
Se agregan «Las viudas de los jueves» (uno de esos casos donde en varios aspectos la adaptación supera al libro original), «Boogie el aceitoso», «Luisa», «Anita» y, en particular, «Felicitas», cuya directora y productora, Teresa Costantini, se jugó a pleno con un drama de época muy bien vestido, que logró llegar al público, pero vio injustamente interrumpido su éxito a causa de la gripe A (una pavada comparada con la fiebre amarilla que había en tiempos de la auténtica Felicitas).
Para destacar, Costantini siguió adelante, con exposiciones de vestuario y un libro muy ponderado sobre la película, evidencias del amor que le puso.
Vocación
Es que en verdad, para la gran mayoría de sus participantes, es eso: puro amor, casi un hobby. Algunos ganarían más paseando perros y, sin embargo, se emperran en seguir haciendo cine, charlando con el poco público en salas desiertas y soñando con nuevas películas. Son luchadores, y varios de ellos tienen innegable talento. Más señalables, los documentales «Mundo Alas», «Regreso a Fortín Olmos», «Imagen final», «los 100 días que no conmovieron al mundo», «Hielos míticos», «Return to Bolivia», «Parador Retiro», de los que el espectador sale aprendiendo y discutiendo (en el caso de «Mundo Alas», antes de discutir debe esperar que se le afloje un poco el nudo en la garganta).
Las búsquedas poéticas y narrativas de «El sueño del perro», «El vestido», «El hombre que corría tras el viento», «Algún lugar en alguna parte», «Manzi, un poeta en la tormenta», «Nunca estuviste tan adorable», «Tres deseos», «La invención de la carne». Y los esfuerzos más que señalables de trabajos hechos a pulmón en el interior, como «El torcán», de Avellaneda y más allá, «Cartas a Malvinas», de Córdoba, «La extranjera» y «Horizontal/Vertical», en San Luis, «Los chicos desaparecen», de La Plata, o «El último mandado», de Saladillo, cuna del famoso «cine con vecinos», hecho, precisamente, entre vecinos, y con un festival que goza todo el apoyo de la población y la intendencia (esto último, pocos festivales lo tienen de veras, aunque siempre aparezca un funcionario a la hora de los discursos).
Figuras emergentes, Pablo Fendrik, que logró estrenar «El asaltante» y «La sangre brota», y José Celestino Campusano, que estrenó «Legión. Tribus urbanas motorizadas» y «Vil romance», y avanzó en el oficio con «Vikingo», pero sigue teniendo más público en el festival marplatense que en las salas que lo que debería ser su propia zona de influencia. Festivales emergentes, el nacional de cortos de San Pedro y, sobre todo, el internacional de cortos humorísticos de Maipú.
Eventos
Sucesos prestigiosos, el Congreso de la Federación Internacional de Archivos Fílmicos, organizado por Cinemateca Argentina, y el mercado latinoamericano Ventana Sur, organizado por el INCAA y el Mercado del Cine, de Cannes. Suceso risueño, las presentaciones en vivo de la comedia familiar «Básicamente un pozo», del Grupo Humus. La comedia es chiquita, amable, pero sus autores la hacen también memorable para los niños, armando toda una fiesta de alegría en cada función. Otro ejemplo del cine-hobby, hecho a pulmón, por puro amor.
Quedaría por anotar algunas obras con ciertas fallas, pero con méritos reconocibles, como «El niño pez»; otras más bien falladas y sin mérito a la vista, un bodrio exitoso, dos buenos comerciales para niños, ciertas rarezas de interés para el gusto snob, el regreso de «Historias breves», un esquemático documental K anticampo, «Porotos de soja», un valiente documental anti-K, «Tierra sublevada, oro impuro», sobre negociados mineros que causan desastres ecológicos y sociales, la curiosa aparición, directo en quioscos, del policial «Naranjo en flor», estrenado con buen suceso en España, y la autobiografía de Aníbal Di Salvo «¡Me robaron el papel picado!», sensible recuento de ilusiones perdidas a partir de la propia infancia, representación personal de una frustración general. Coherentemente, la película misma es un tanto frustrada. Pero es de Di Salvo, uno de los tipos más queridos del cine argentino.
Fin del recuento. Las estadísticas dirán que este año un 20%, o más, del público fue a ver películas nacionales. Error. La mayor parte de esa cifra fue a ver una película nacional, «El secreto de sus ojos», que sólo bajó al 2° puesto del ranking cuando, al cuarto mes de cartel, aparecieron las copias piratas en manos de quiosqueros y manteros.
El resto de la producción nacional, bien, gracias. No tiene de qué quejarse, considerando que en España y en Italia, según dicen, el 50% de la producción nacional nunca logra estrenarse. Va directo a la tele, que le paga moneditas (¿y cuánto pagará acá con la nueva ley de medios?).

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