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El peso de la sombra paterna
En “La sombra”, la demolición de la casona familiar es utilizada por el hijo cineasta del exitoso productor y director Héctor Olivera, como metáfora del hogar cuando estaba el padre y también de una época del país.
El poeta salteño Jaime Dávalos gustaba definir a su padre, don Juan Carlos Dávalos, gran escritor, como un árbol inmenso y generoso, al amparo de cuya sombra crecieron los hijos. Hasta que un día sintieron que ese mismo amparo no los dejaba crecer del todo. Lo que más temían, sin embargo, era que las ramas protectoras se cayeran, y los dejaran a la intemperie.
También aquí encontramos el peso de la sombra paterna. Pero antes vamos descubriendo la intemperie. Asistimos a la paulatina y exhaustiva demolición de una casona de San Isidro. El hombre que la hizo, se mandó mudar apenas cinco años más tarde. Los hijos lo fueron siguiendo. La mujer se quedó largo tiempo sola con dos criadas. Pero, mientras allí vivieron, los dueños hacían "fiestas visconteanas", como las define el narrador, que es Javier Olivera, hijo mayor de Héctor Olivera, el "self-made man" que se convirtió en auténtico "tycoon" del cine argentino (cinco millones de espectadores asistían cada año a las películas del sello Aries).
La casa tiene un lugar protagónico. Nos desgarra ver cómo va siendo desmontada y demolida. Nos inquietan los sonidos discordantes y extraños, el modo en que se alternan los registros de rincones llenos de recuerdos y las cuadrillas de gente extraña que los van destruyendo. E incomoda un poco la voz del narrador, que quiere ser distante y en el fondo es dolida.
Pese a ese carácter protagónico, la película no se llama "La casa", sino "La sombra". Porque habla del hogar, pero de cuando estaba el padre.Y habla de una época del país, y del lugar que uno mismo debe hacerse. Muestra por ahí unas tomas de camarita amateur que no son de la mansión, sino de una casita que alquilaban al principio, cuando la familia recién empezaba a crecer, "un breve destello de una felicidad simple que luego no encuentro en los otros rollos de Super-8". Muy significativa, también, otra toma de Super-8 donde el padre vigila los primeros pasos del hijo, cuando el sol ya comienza a bajar. En resumen, una obra confesional, casi íntima, hecha con recursos singulares, que alcanza en partes la poesía, y deja pensando. Vale la pena.


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